Durante décadas, desde los años treinta y hasta finales de los ochenta, la hoy llamada Faja Petrolífera del Orinoco fue conocida por su nombre real y técnico: Faja Bituminosa del Orinoco.
Contrario a lo que hoy intenta hacer creer el narco cártel que ocupa Miraflores, ese nombre no era un insulto ni una maniobra colonial. Era una descripción técnica. Cualquier ingeniero petrolero serio puede confirmarlo sin necesidad de consignas ni relatos épicos.
El crudo allí contenido era tan pesado y viscoso que no podía considerarse petróleo comercial bajo los estándares de la época. No fluía. No se refinaba con facilidad. No se exportaba sin procesos complejos que aún no existían. No era rentable para nadie. Era bitumen. Punto.
El cambio de nombre no llegó con la mal llamada revolución, ni con redentores históricos de cartón, ni con discursos inflamados para consumo interno. Llegó cuando la tecnología avanzó, cuando se desarrollaron procesos de mejoramiento, cuando se construyeron los upgraders y se demostró que ese bitumen podía transformarse en crudo sintético exportable.
Fue en los años noventa cuando la Faja dejó de ser una promesa geológica y pasó a ser una reserva económicamente explotable. Entonces, y solo entonces, comenzó a llamarse Faja Petrolífera del Orinoco.
Ese detalle, que debería ser una nota técnica sin mayor carga ideológica, fue secuestrado por el chavismo en su obsesión por reescribir la historia. Hoy lo presentan ante una masa sin memoria ni referencias como una revelación tardía, como si durante décadas nadie hubiese sabido lo que había allí, como si los venezolanos que dirigieron la industria petrolera fueran idiotas funcionales engañados por expertos malignos y transnacionales saqueadoras al estilo Lex Luthor.
La realidad es mucho más simple y mucho más incómoda. Lo que cambió no fue la honestidad histórica. Fue la tecnología. Y eso ocurrió antes de Chávez.
La llegada del dictador original y capo fundador del mayor cártel criminal que ha conocido el país marcó exactamente lo contrario de lo que hoy intentan dibujar: el inicio de la debacle más estrepitosa de una nación inmensamente rica.
Este mecanismo de tergiversación no es un accidente, es un método. El chavismo, hoy convertido abiertamente en un narco cártel enquistado en el poder, ha dedicado años a manipular la memoria colectiva para colocarse en el centro del relato nacional como supuestos héroes tardíos que “descubrieron”, “rescataron” o “liberaron” lo que siempre estuvo allí y siempre fue del país.
A su alrededor, un ejército de personas ignorantes de su propia historia repite como loros los desvaríos de la cúpula criminal, hasta el punto de creerse expertos petroleros. Hablan con la seguridad de quien firmó contratos que jamás existieron y defienden hechos que nunca ocurrieron en una historia que solo conocieron cuando se la contó quien hoy los pisa.
Esta manipulación la hicieron con PDVSA. Se repite hasta el cansancio que era una empresa secuestrada por una élite, cuando en realidad fue una de las petroleras más eficientes y prestigiosas del mundo, con cuadros técnicos formados durante décadas, que financiaba al Estado venezolano y sostenía buena parte de su estabilidad. No la rescataron. La destruyeron. Sustituyeron meritocracia por lealtad política y expulsaron a miles de profesionales en 2003.
Resulta casi increíble que hoy muchos venezolanos hayan olvidado que PDVSA fue, antes del chavismo, una referencia mundial. Pero así funciona la memoria de quien elige no ver. Para algunos, antes de Chávez no había escuelas, ni metro, ni universidades. Incluso he escuchado a más de uno afirmar que fue Chávez quien creó la educación pública y gratuita que existe en Venezuela desde 1870 por decreto de Guzmán Blanco. Así de audaz puede ser la ignorancia.
El discurso falseador del cártel no es solo retórica, es un modus operandi. Lo hicieron con la historia republicana. Convirtieron a Bolívar en una caricatura ideológica útil para justificar autoritarismo, militarismo y obediencia ciega. Reescribieron libros escolares, simplificaron procesos complejos como el petrolero y borraron deliberadamente todo matiz que no encajara en el relato épico del “proyecto revolucionario” donde ellos son los protagonistas absolutos.
Lo hicieron con las expropiaciones. Hablaron de soberanía mientras confiscaban empresas sin compensación, destruían su productividad y luego culpaban al “bloqueo” del colapso que ellos mismos provocaron. Denunciaban guerras económicas mientras les congelaban cuentas multimillonarias en el exterior, les incautaban propiedades en Miami y República Dominicana, aviones privados y hasta encarcelaban a algunos de los suyos por millardos de dólares malversados en los mismos períodos en los que aseguraban que el bloqueo era el culpable de todo.
Hoy esas expropiaciones generan laudos arbitrales que se cobran con activos como Citgo, pero el régimen insiste en presentarlo como un robo externo y no como la consecuencia directa de sus decisiones.
Con la Faja del Orinoco ocurre exactamente lo mismo. Llamarla bituminosa no era negar su valor, era describir honestamente su estado técnico. Convertir ese término en símbolo de traición histórica es parte del mismo guion: distorsionar el pasado para justificar el saqueo del presente. Se repite la mentira de que Estados Unidos pagaba uno por ciento por el bitumen y que saqueó el petróleo durante casi un siglo, cuando la historia petrolera real es radicalmente distinta. Una búsqueda básica bastaría para desmontar esa fábula, pero hay quienes prefieren repetirla antes que informarse. Y otros, peor aún, la repiten sabiendo que es mentira.
Mientras se hablaba de “rescatar” la Faja, se dilapidaron miles de millones de dólares, se endeudó al país hasta el default, se destruyó la capacidad operativa de PDVSA y se hipotecaron activos estratégicos. Hoy la Faja sigue allí, pero Venezuela no tiene cómo explotarla de manera sostenible.
Cambiar nombres no cambia la realidad. Reescribir la historia no borra los hechos. El chavismo no descubrió el petróleo, no dignificó su precio, no reinventó la Faja ni liberó al país. Lo que hizo fue apropiarse del relato para ocultar una verdad más cruda: desde el principio, su único objetivo ha sido repartir poder y saquear riqueza.
La Faja no cambió. Nunca nos robaron el petróleo. Nunca tuvimos una industria dirigida por imbéciles engañados con espejitos. Lo que cambió fue el discurso histórico, y hay quienes decidieron jugar ese juego. El precio de esa mentira lo seguimos pagando todos.
Jose Calabres
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