viernes, 26 de diciembre de 2025

LA MENTIRA DEL PETROLEO ROBADO Y EL SAQUEO DEL NARCO CHAVISMO


Durante más de dos décadas el chavismo, ahora Madurismo, ha insistido en una historia diseñada para sonar justa y heroica. Una historia que apela a la rabia y al nacionalismo, pero que se desmorona apenas se la enfrenta con los hechos. Según ese relato, Venezuela habría sido saqueada durante más de un siglo por Estados Unidos, que extrajo su petróleo pagando regalías miserables de uno por ciento, mientras gobiernos sumisos entregaban el país como serviles vasallos del imperialismo opresor, hasta que apareció el gran salvador: Hugo Chávez, presentado en esta historia como el redentor tardío que vino gloriosamente a recuperar la soberanía, y en un alarde de fantasía tropical, influyendo incluso en el precio mundial del crudo, exigiendo, como un héroe mundial, el pago “justo” de cualquiera que quisiera petroleo venezolano.

Esa historia no solo es falsa: es ridícula y fuera de toda realidad. Es una historia funcional a la amnesia, porque sustituye la verdadera historia del país por consignas ciegas y convierte el desastre presente en una culpa ajena.

El petróleo venezolano no fue un descubrimiento ideológico ni una conquista revolucionaria. La verdadera historia es que a comienzos del siglo XX, cuando Venezuela aún era una nación rural, el subsuelo ya anunciaba su destino. Con el Zumaque I en 1914 y de manera definitiva con el reventón del Barroso II en 1922, quedó claro que el país se transformaría en una potencia petrolera. A partir de entonces, el propio Estado venezolano otorgó concesiones a empresas extranjeras que tenían lo que Venezuela no poseía: capital, tecnología y experiencia. 

Compañías como la Venezuelan Oil Concessions, vinculada a Royal Dutch Shell, y la Creole Petroleum Corporation, filial de lo que luego sería Exxon, desarrollaron campos, construyeron infraestructura, perforaron miles de pozos y levantaron una industria que cambió para siempre la economía nacional. 

Nada de eso ocurrió en secreto ni al margen de la ley. Fueron contratos firmados por gobiernos venezolanos, bajo leyes venezolanas, en un contexto histórico de relaciones que fueron en muchos casos desiguales, sí, pero explícitas y documentadas.

Las regalías de los primeros años fueron bajas, como lo fueron en casi todos los países productores de la época. En muchos casos rondaban el diez por ciento y en algunos esquemas específicos, décadas después, incluso menos. Pero afirmar que durante un siglo entero Venezuela recibió apenas uno por ciento es una mentira manipuladora grosera. 

Ya desde la Ley de Hidrocarburos de 1943 el Estado logró un reparto mucho más favorable, estableciendo el principio del 50/50, que garantizaba al país al menos la mitad de las ganancias. Desde entonces la participación estatal no dejó de crecer. La narrativa falsa del saqueo continuo borra deliberadamente ese proceso histórico de negociación y fortalecimiento del Estado venezolano a través de la historia y niega hechos indiscutibles y documentados. Pero eso es lo que hacen los procesos dictatoriales. Mentir y reescribir la historia para engañar a los más crédulos.

La culminación de ese camino de crecimiento petrolero fue la nacionalización de 1976 y la creación de PDVSA por parte de Carlos Andrés Pérez, mucho antes de Chávez. Fue lo que los chavistas llaman despectivamente “la cuarta república” la que nacionalizó el petróleo venezolano y creo la industria mas poderosa del país, PDVSA, y que ha financiado la mal llamada revolución por décadas. Es irónico que sea justamente un producto de los gobiernos de los que los chavistas se quejan el que los ha sostenido hasta hoy.  

Venezuela asumió el control total de su industria petrolera gracias a este momento, y durante años PDVSA fue considerada una de las empresas energéticas mejor gestionadas del mundo. Técnica, eficiente, respetada. Sin embargo, el pecado original persistió: la dependencia absoluta del petróleo como sostén del Estado. 

El crudo financiaba todo y, al hacerlo, postergaba la diversificación económica y la construcción de instituciones sólidas.

En los años noventa, ante la caída de la producción y la falta de inversión, se impulsó algo llamado “la apertura petrolera”. Se permitieron asociaciones con empresas extranjeras como Chevron, BP o ConocoPhillips bajo esquemas de “riesgo compartido”. 

En algunos de esos contratos, especialmente en proyectos de crudo pesado que eran complicados debido a la naturaleza de la extracción y refinado, se establecieron regalías bajas como incentivo. Fueron decisiones debatibles, sin duda, pero limitadas en el tiempo, en el espectro y en alcance. Fue gracias a esa apertura que la producción volvió a crecer y Venezuela cerró el siglo produciendo más de tres millones de barriles diarios y situada como uno de los mas grandes productores del mundo.

La llegada de Chávez rompió ese equilibrio. Escudado tras un discurso de soberanía nacional, se impuso el control político absoluto sobre PDVSA. Se aumentaron impuestos y regalías sin planificación, se obligó a las empresas a hacer del Estado socio mayoritario en todos los proyectos y se transformó PDVSA en un instrumento ideológico. El golpe decisivo llegó tras el paro petrolero de 2002, cuando miles de técnicos, ingenieros y gerentes que protestaron ante la politización de la empresa por parte de lo que ya se dibujaba como una dictadura corrupta fueron despedidos y sustituidos por seguidores políticos del chavismo sin formación. Desde ese momento comenzó el deterioro. 

Durante los años de precios altos, PDVSA recibió ingresos colosales, cientos de miles de millones de dólares, pero ese dinero no se reinvirtió en mantenimiento, exploración ni modernización. Se diluyó en clientelismo, alianzas geopolíticas y una corrupción sin medida que terminó devorándolo todo. Chávez viajaba por el mundo comprando voluntades a granel con la petrochequera del país. Ya había eliminado el congreso, instalado una Asamblea Nacional 100% a su medida, cambiado la constitución y tomado PDVSA como su propio banco personal. El desastre para el país era ya predecible.

Las consecuencias no fueron solo la caída de la producción de crudo. Por falta de inversión y mantenimiento, PDVSA perdió al poco tiempo su capacidad de refinación y autosostenimiento. El país que durante décadas fue exportador de gasolina dejó de producirla y hoy no tiene ni para abastecer su propio mercado interno. Venezuela pasó a importar gasolina para poder sobrevivir, una paradoja obscena para una nación petrolera. 

Ese colapso se tradujo en un golpe directo al ciudadano común: el precio de la gasolina, que durante años fue símbolo de subsidio y abundancia, aumentó de forma brutal. En términos reales, el consumidor venezolano terminó pagando incrementos cercanos al mil por ciento en comparación con hace apenas seis años, en un país donde los salarios fueron pulverizados y la dolarización de facto convirtió la gasolina en un lujo. 

PDVSA, pasó de ser una empresa petrolera de fama mundial, a ser la caja chica de un grupo de narcos que lavarían el robo usando ahora a PDVSA como una empresa que compraba pollo, lentejas y carne a empresas corruptas de otros países con hasta 30 veces sobreprecio para revenderlas al pueblo en esquemas de saqueo que llamaron MERCAL y PDVAL. Cuando los bolsillos se llenaron y PDVSA fue quebrada, dejaron los huesos al sol y se acabó MERCAL, PDVAL y PDVSA.

Bajo Maduro, el derrumbe se aceleró. Ya no hubo más alimentos ni planes sociales apuntalados por la industria petrolera. La producción cayó a menos de un millón. Ahora solo hay pozos abandonados, refinerías en ruinas, deudas impagas con empresas de servicios, fuga masiva de talento, acuerdos opacos y el poco petróleo extraído es usado para pagar favores políticos o compromisos financieros a países como China o Rusia sin generar ingresos reales. 

Así, la mayor reserva probada de petróleo del planeta fue convertida en una industria incapaz de sostenerse a sí misma, ni siquiera para producir su propia gasolina.

Como si eso no bastara, el chavismo también dejó perder uno de los activos más estratégicos que Venezuela tenía en el exterior. CITGO, la filial de PDVSA en Estados Unidos, no fue robada ni confiscada por capricho. Fue puesta como garantía para obtener financiamiento, fue comprometida en operaciones de endeudamiento irresponsable y luego abandonada a su suerte. El régimen dejó de pagar a acreedores, ignoró advertencias legales y permitió que los procesos judiciales avanzaran. La pérdida de CITGO no fue producto de una conspiración extranjera, sino de la inacción jurídica y del incumplimiento deliberado de obligaciones asumidas por el narco estado venezolano. La ejecución judicial forzada fue la consecuencia lógica de haber usado a CITGO como garantía y luego no honrar las deudas. Los venezolanos estamos pagando el precio de deudas adquiridas por saqueadores.

Decir que Estados Unidos robó el petróleo venezolano durante un siglo es una forma cómoda de esconder esta cadena de decisiones. Es más fácil inventar un enemigo externo que admitir que el verdadero saqueo ocurrió desde dentro, cuando el poder convirtió la renta petrolera en botín, destruyó la institucionalidad, arrasó con el capital humano y manipuló un discurso de soberanía para esconder control político y corrupción desmedida.

El narco régimen venezolano no solo destruyó una industria petrolera que estuvo entre las mejores del mundo. La llevó a un punto en el que ya no puede sostener al país, ni producir gasolina, ni conservar activos estratégicos, ni garantizar el futuro. El petróleo nunca fue de Chávez, nunca fue de Estados Unidos, pero con la llagada del cártel, nunca fue realmente del pueblo. 

Mientras se siga creyendo en relatos épicos en lugar de asumir responsabilidades el país no podrá enfrentar la realidad y cambiarla por algo mejor.  La historia petrolera de Venezuela no es una leyenda de héroes y villanos, sino una advertencia brutal sobre lo que ocurre cuando un país reemplaza la memoria por propaganda y la gestión por ideología. Esa es la verdad que incomoda, pero también la única que explica cómo una nación inmensamente rica terminó pagando gasolina importada a precios impensables y viendo desaparecer, por negligencia y corrupción, su patrimonio más valioso.

Jose Calabres

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