Lo que se sabe es suficiente para trazar el mapa. Machado salió de Venezuela por vías no oficiales, pasó por Curazao y llegó a Europa bajo protección internacional. Su hija recibió el Nobel en su nombre, pero la confirmación del comité de que MCM “está en camino” encendió todos los reflectores globales. Ni el régimen pudo impedir su salida, ni pudo impedir que hoy sea reconocida en el escenario más prestigioso del mundo.
Se habla (extraoficialmente) de que Machado no llegó a la entrega del premio porque estaba reunida personalmente con Trump. Podría ser, puesto que fue EEUU quien la sacó de Venezuela.
En paralelo, EE. UU. ejecutó una maniobra militar que solo puede interpretarse como un gesto calculado: dos F-18 incursionaron durante cincuenta minutos en el Golfo de Venezuela. Oficialmente, fue una operación rutinaria en espacio internacional. Extraoficialmente, ocurrió en el momento preciso en que Machado se desplazaba hacia territorio seguro y en medio de declaraciones de Donald Trump asegurando que “el tiempo de Maduro está contado”.
La imagen que deja este conjunto de hechos es contundente. Estados Unidos mostró que puede volar en la cara del régimen sin mayor resistencia, y que la protección de MCM es prioridad estratégica. La fuga de la líder opositora no solo expone la ineficiencia del aparato represivo, sino que sugiere como todo movimiento clandestino exitoso, que hubo colaboración interna. Entonces, hay resquebrajamiento, filtraciones y grietas que escapan al supuesto control del régimen.
El régimen, por su parte, y como era de esperar, activó su maquinaria habitual: protestas pagadas en Oslo, grupos financiados en Estados Unidos con carteles sobre “el petróleo venezolano” y el viejo discurso de la intervención extranjera. Es un libreto repetido, desgastado y desconectado de la realidad. Su narrativa choca de frente con hechos irrefutables: El país con las mayores reservas petroleras del planeta vive la peor crisis humanitaria y económica del continente. Una crisis que no comenzó por sanciones, sino al menos una década antes.
Para hacer memoria: En 2007 ya había escasez severa de alimentos. Lo puedo decir con certeza porque ese año mi hija era una bebé y no podíamos encontrar ni formula lactea ni pañales. Ya el papel de baño escaseaba y hacía años que encontrar leche era un milagro.
En enero del siguiente año el bolívar perdió tres ceros al estrenar el llamado “bolívar fuerte”. En 2014, en medio de las protestas que dejaron más de 40 muertos por disparos en la cara, el país descubrió el escándalo de Pudreval: 21 kilómetros de contenedores de comida descompuesta mientras millones hacían filas interminables para comprar harina o arroz. Nos marcaban con un numero en el brazo para poder comprar algo. ¿Lo recuerdan? No habían sanciones. Para 2017, ya habían desaparecido 12 ceros de la moneda. Hoy van 17, el salario mínimo equivale a 52 centavos de dólar al mes.
Treinta por ciento de la población está en el exilio. Es la migración más grande de la humanidad para un país que no está en guerra con nadie, excepto con quienes secuestraron el poder.
A pesar de la tragedia interna, los casos de corrupción por miles de millones (de dólares!) siguen apareciendo, y las riquezas petroleras y minerales continúan fluyendo… pero solo hacia los bolsillos de la élite del cartel. Solo Rafael Ramirez tiene una cuenta congelada en Suiza por al menos 7 MIL MILLONES DE DOLARES. Nada, si se compara con lo que robó El Aissami en su ultimo caso: 21.000.000.000 $.
Sin embargo, en casi tres décadas del régimen en el poder, no se ha construido un solo hospital en Venezuela y los existentes están en la ruina, pero sí se han hecho nuevos hospitales, autopistas, escuelas y hasta aeropuertos en países “aliados”. La desidia doméstica contrasta con la generosidad millonaria hacia el exterior, revelando un patrón claro: el saqueo sistemático.
En ese contexto, el Nobel entregado a Machado no es un acto meramente simbólico. Es un reconocimiento internacional al carácter ilegítimo del régimen y un recordatorio al mundo de que Venezuela no está sola. MCM, desde el exilio temporal, lo dejó claro: no piensa quedarse afuera. Y eso es precisamente lo que desestabiliza al poder.
Su regreso representa un riesgo monumental para ella. Sería extremadamente fácil rastrearla desde Oslo. Por eso, la presencia de varios presidentes latinoamericanos en la ceremonia abre una hipótesis interesante: ¿y si su objetivo no era solo acompañarla, sino dispersar rutas, destinos y patrones de vuelo? ¿Y si los movimientos oficiales de estos mandatarios funcionan como cortinas de humo para proteger los desplazamientos de la líder opositora?. La logística de seguridad en torno a MCM ahora involucra gobiernos completos, no solo escoltas.
Lo que sí es evidente es que Machado ya participa directamente en reuniones con líderes globales, con figuras que tienen poder real sobre el futuro venezolano. Eso marca un antes y un después. Su presencia física fuera del país, su reconocimiento mundial y el respaldo explícito de gobiernos democráticos incrementan sustancialmente las probabilidades de una transición política. No hay fechas. Nadie puede asegurarlas, pero el cambio dejó de ser un sueño improbable y comenzó a sentirse inevitable.
El cartel de los soles se tambalea.
El mundo está mirando, y Venezuela, después de décadas de oscuridad, respira un rayo de posibilidad.
Jose Calabres
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