A veces la vida se nos va en el puro oficio de habitar el futuro. Nos perdemos en la inmensidad de los mapas que aún no trazamos y en la urgencia de metas que, a la distancia, parecen cumbres inalcanzables.
Caminamos de prisa, como si el tiempo fuera un hilo infinito, olvidando que el paisaje solo existe mientras los ojos se detienen a mirarlo. Olvidamos que, por perseguir el horizonte, a menudo pisoteamos las flores del camino.
Permítanme robarles un instante de su tiempo para contarles de una cicatriz.
Hace años, en el silencio verde de Trujillo, Venezuela, aprendí cuánto mide realmente el mundo. Estaba en el fondo de un zanjón, a casi un kilómetro del asfalto, intentando sanar un sistema de riego herido. Soy, al final de todo, no más que un campesino que aprendió el arte de hilvanar palabras para quien quiera escuchar una historia.
Aquel día, el metal me traicionó. En una caída fortuita, mi machete (ese compañero fiel de rastrojos) se volvió contra mí. El filo me abrió la mano izquierda con una ferocidad tal que dejó cuatro de mis dedos asidos a la vida apenas por un jirón de piel. La sangre no goteaba, sino que brotaba con el ritmo de un reloj de arena que se vacía demasiado rápido. Seccioné venas, tendones, nervios y una arteria, y en ese flujo constante, sentí cómo mi propia existencia se me escapaba entre los dedos.
En segundos, el mareo me reclamó. Hay una aritmética cruel en la tragedia: sabía que un litro y medio de sangre es el límite del silencio eterno, pero que con apenas medio litro el mundo se apaga y llega el desmayo. Con la mente en vilo, me preparé para la batalla.
Estaba solo. Cuatro kilómetros me separaban de mi padre y de mi casa; una eternidad de monte y sol me alejaba de cualquier auxilio. No había señales de celular ni habrían sirenas en el horizonte. Cuando se vive tan lejos del mundo las cosas funcionan distinto.
En ese instante definitivo, cuando el cuerpo comprende que puede ser su última tarde sobre la tierra, el pensamiento se despoja de todo lo superfluo y el tamaño del mundo se hace pequeñito. No vi mi trabajo, ni mis cuentas, ni mis miedos por el patrimonio. Todo aquello se volvió motas de polen dispersas por una tormenta repentina. En cambio, el alma se me llenó de rostros: vi a mi hija, pequeña y frágil; vi a mi esposa; vi el refugio de mi familia, y me dolió la ausencia de un abrazo no dado esa mañana. Me desgarró la idea de dejarlos a la intemperie de la vida sin haberme despedido con un beso. Comprendí, con la claridad que solo da el abismo, que lo verdaderamente sagrado cabe en un gesto simple que a veces postergamos por la prisa.
Pero ese día no era para rendirse. Con la mano derecha y los dientes, rasgué mi franela en tiras. Me hice cuatro fuertes torniquetes hasta que por fin paró el sangrado, un nudo por cada esperanza, y comencé el ascenso. Caminé un kilómetro cuesta arriba, desafiando a la gravedad y a la muerte, hasta desplomarme sobre el asfalto ardiente de la carretera. Allí me quedé, sin aliento, sintiendo el calor de la tierra bajo mi espalda, esperando un milagro que no parecía llegar. Pero el silencio de la carretera me obligó a levantarme una vez más. Nadie pasaba y no podia esperar mas.
A un kilómetro de camino, el destino puso una bodega y a unos hombres de manos curtidas. Al verme transformado en una estatua de sangre, uno de ellos no hizo preguntas: me hizo espacio en su vehículo y emprendió la carrera. Eran doce kilómetros de incertidumbre, media hora de vida o muerte. En el trayecto, su voz intentaba anclarme a la realidad, pero el sueño de la anemia me venció a mitad de camino.
Desperté en el hospital, en medio de una pesadilla de prejuicios. Mi piel sucia, mi torso desnudo y la sangre me condenaron ante los ojos de quienes debían sanarme; me trataron como a un "malandro" recogido de una riña. El dolor de la limpieza fue una tortura necesaria que me devolvió a los sentidos justo cuando soltaban los torniquetes y mi sangre volvía a reclamar su salida.
Fue entonces cuando un ángel con uniforme de Protección Civil me reconoció entre el caos. Su voz fue mi salvoconducto. En una silla de ruedas, en el pasillo de un hospital que hacía lo que podía, pasé cuatro horas bajo el frío del bisturí. Noventa puntos, nervios anudados y tendones reconstruidos después, pude volver al calor de los míos.
No fue la única vez que la Parca me rondó; nos hemos mirado a los ojos tres veces más, cada vez con mayor cercanía, como si quisiera recordarme que soy un huésped temporal. Pero uno nunca aprende a estar listo para el adiós.
Sé que para algunos esto será una anécdota mínima, pero la grandeza se esconde en lo pequeño, como en el acto de abrazar a un gato. Hoy, mi compañero felino lucha su propia batalla tras una cirugía feroz. Me encuentro devastado, habitando de nuevo ese remordimiento de haberme ido hace unos días sin haberle dado un último apretón, sin saber si ese era nuestro último abrazo.
He pedido ayuda y la respuesta ha sido un bálsamo de humanidad. He visto a mi gente en Venezuela, esa gente que a veces no tiene ni para el pan diario, ofrecer sus pocos céntimos para salvar a mi gato. No he podido aceptar su sacrificio, pero su gesto me ha reconstruido el alma. Muchos otros, amigos y familia, han extendido su mano para ayudarnos en este momento, y reafirman mi convicción de que el mayor tesoro del mundo son nuestros amigos.
Me he dado cuenta, una vez más, de que el corazón de quienes me rodean es más vasto que cualquier océano y que no hay nada mas fuerte que el amor. Gracias por enseñarme que las cosas importantes no necesitan publicidad porque todos las sentimos con la misma intensidad en el pecho cuando las cosas que en verdad importan nos llaman. Al final, el Principito tenía razón: “lo esencial es invisible a los ojos”. Yo agregaría que lo esencial “se siente con una fuerza que detiene el tiempo”.
Gracias, amigas y amigos, por ser parte de mi mundo, por recordarme que, a pesar de las cicatrices, todavía hay luz en las miradas.
Jose & Milkshake. ❤️🩹




