sábado, 3 de enero de 2026

CAYÓ MADURO. Y AHORA?


Lo que muchos daban por imposible y otros por inevitable hoy circula como noticia pública: Maduro está fuera del poder. El anuncio sacude titulares y despierta una ansiedad comprensible, porque la verdadera pregunta no es qué pasó, sino qué viene ahora.

Según lo que se ha informado, Estados Unidos asumiría temporalmente la administración del país para “estabilizarlo” y crear las condiciones de una transición. Nada de esto sorprende a quienes llevan meses leyendo el tablero con frialdad. Si este escenario ocurría, y todo indicaba que ocurriría, la presencia directa de EE. UU. era casi obligatoria para neutralizar cualquier intento de resistencia de las fuerzas leales al chavismo. No estamos hablando de un partido político derrotado, sino de una estructura con lógica de cártel, con ramificaciones, recursos y lealtades que no se disuelven con un comunicado.

El problema es que, mientras una figura cae, los otros jerarcas permanecen. No han sido capturados, no han sido neutralizados públicamente, no han sido exhibidos. Están ahí, en una especie de poder en suspensión, un limbo peligrosamente familiar para los venezolanos.

Y ahí comienza la inquietud real.

Debenos tener una actitud cauta en estos momentos. Venezuela rara vez responde a la lógica lineal. Venezuela no es un país donde A conduce a B sin antes pasar por C, D y una traición inesperada. Que Maduro esté fuera no significa que el sistema haya caído, significa, apenas, que una ficha fue retirada del tablero.

¿Por qué no tocar a los otros? Las hipótesis se multiplican. Tal vez Maduro se entregó a cambio de garantías y de información. Tal vez los demás lo entregaron a él para salvarse. O tal vez estamos ante un escenario más complejo, donde nadie dice toda la verdad.

En medio de esa ambigüedad aparece una pregunta incómoda: ¿es Donald Trump un actor confiable para liderar aunque sea de forma temporal la reconstrucción democrática de Venezuela?

Sus declaraciones recientes no ayudan a despejar dudas. Ha afirmado que María Corina Machado aún no cuenta con el “respaldo” suficiente y que no estaría preparada para asumir el poder, lo cual suena altamente disonante con lo que los venezolanos sentimis y denostramos en las últimas elecciones presidenciales. Al mismo tiempo, Delcy Rodríguez aparece en televisión, rodeada de altos cargos del mismo aparato que supuestamente fue derrotado, asumiendo de facto un rol central. Más inquietante aún es el tono con el que Trump se ha referido a ella, describiéndola como alguien “dispuesta a hacer lo que sea para hacer a Venezuela grande de nuevo”.

Esa comparación, ese contraste entre cómo se nombra a una y cómo se deslegitima a la otra, eriza la piel. No por paranoia, sino por memoria histórica. Los venezolanos sabemos leer entre líneas. Sabemos que el lenguaje del poder rara vez es inocente, y Trump no es precisamente una persona confiable o moralmente a la altura de las circunstancias.

Al mismo tiempo, Trump ha sido claro en otro punto: el régimen debe terminar, y ha advertido que, si es necesario, volverá a atacar, incluso con más fuerza. El mensaje es duro, pero también contradictorio. ¿Fin del régimen con los mismos actores visibles? ¿Transición con figuras del sistema ocupando el escenario?

Por ahora, todo es ruido, señales cruzadas y silencio estratégico. No podemos esperar que los próximos pasos se anuncien como una agenda pública. Las decisiones reales, las que importan, nunca se transmiten en cadena nacional.

Lo único relativamente claro es esto: la fortaleza que el cártel ha querido proyectar no es real. Si lo fuera, nada de esto estaría ocurriendo. Y en las próximas horas (no semanas, no meses) muchas cosas pueden cambiar. Conviene, entonces, hacer lo que más cuesta: esperar con cautela. No celebrar demasiado pronto. No caer en el pánico. No comprar narrativas cerradas.

Será una semana tensa. Después, probablemente, vendrán meses de una “estabilización” llena de grises, negociaciones opacas y decisiones incómodas. Como siempre en Venezuela, el final de un capítulo no garantiza el inicio de uno mejor.

Solo nos recuerda que la historia aún no termina, pero el camino a la libertad parece abrirse una vez más.


Jose Calabres

viernes, 2 de enero de 2026

-EL CAPO PIDIENDO CACAO-

 


Feliz año 2026 a todos! Espero que este año sea de gran provecho y que nuestra historia cono venezolanos escriba un nuevo capítulo muy pronto (como parece que todo apunta). 

Desde hace meses, el gobierno de Estados Unidos ha elevado el tono de sus acusaciones contra Nicolás Maduro, señalándolo no solo como responsable del colapso institucional venezolano, sino como la cabeza visible del llamado Cartel de los Soles. A esa acusación se suma una exigencia política clara y directa: abandonar el poder usurpado tras haber robado las elecciones presidenciales de 2024. 

Frente a ese escenario, Maduro no ha optado por responder con hechos ni con transparencia, sino con un discurso cuidadosamente construido en el que se presenta como víctima de un supuesto acoso imperial cuyo único objetivo, según él, sería “robarse los recursos de Venezuela”.

Este tipo de discursos no es nuevo en el chavismo, que siempre busca culpar a otros de todo lo malo o manipular los hechos a su favor. “Guerra económica” fue un discurso hasta hace poco. Luego dijeron que las sanciones personales que bloquearon millones de dolares saqueados al país y propiedades en todo el mundo, era un “bloqueo a Venezuela”. La manipulación es pan diario en la mesa del chavismo madurismo.

Para sostener ese relato, el chavismo ha recurrido una vez más a su receta de mentiras repetidas hasta el cansancio: la reescritura de la historia. En cadenas, discursos y alocuciones dirigidas casi exclusivamente al consumo interno, Maduro ha manipulado datos históricos, ha falseado cifras comprobables y ha descartado deliberadamente información que desmonta su narrativa. 

Ha afirmado, por ejemplo, que Estados Unidos históricamente pagaba menos de un dólar por barril de petróleo venezolano, que las regalías en la Faja del Orinoco eran de apenas uno por ciento, o que el crudo era sacado del país bajo la excusa de que se trataba de bitumen. Ninguna de esas afirmaciones resiste una verificación mínima. Los contratos, las leyes de hidrocarburos vigentes en cada etapa y los registros de precios internacionales desmienten punto por punto ese discurso, que no busca informar sino fabricar resentimiento.

Curioso es sin embargo, que aún exista gente que crea este discurso. Y no hablo de que crean o no por conocimientos de historia petrolera, sino por experiencia propia y sentido común.

Cualquier venezolano hoy con más de 40 años vivió la Venezuela pre chavista. Vivió en carne propia los beneficios de ser uno de los países mas ricos de América. ¿Cómo pudo Venezuela ser tan rica y próspera si apenas recibía 1% de ganancias de su propia explotación de riquezas?. La sola pregunta ya destruye el discurso chavista. Pero se levanta otra pregunta mejor: Si fue el chavismo el que reivindicó la “dignidad del país” y lo sacó de ese ciclo de saqueo del 1% de regalías, ¿cómo es que HOY Venezuela es más pobre que nunca y vive la crisis humanitaria mas grande de su historia?.

Cualquier persona con un poqioto de sentido común podría darse cuenta que no hay respuesta para estas preguntas en las que el chavismo pueda quedar bien parado. Por eso, recurren a la reescritura de la historia.

Pero basta con que el escenario cambie para que el libreto se agriete. En una entrevista reciente con un periodista franco español, Maduro no solo envió un mensaje a EEUU, donde reconoció abiertamente que Chevron es hoy la única empresa que está invirtiendo de manera significativa en la explotación petrolera venezolana, sino que además ofrece acuerdos energéticos con Estados Unidos “cuando, como y donde quieran”. No se trata de una frase menor ni de un desliz retórico. Es un giro completo que contradice años de discurso en los que aseguró que los gobiernos anteriores habían entregado los recursos nacionales a un imperio ladrón que se aprovechó durante casi un siglo de la ignorancia venezolana, hasta que Chávez, según esa versión, rescató al país del saqueo. Ahora, de pronto, Maduro ofrece hacer acuerdos “como sea, como los quieran y donde los quieran” al mismo “imperio saqueador” del que se queja a diario. Ofrece entregar TODO, solo para seguir en el poder.

La contradicción no es ideológica, es estratégica. Maduro cambia el tono porque cambia el público. Esta entrevista ocurre después del primer ataque en tierra realizado hace unos pocos días atrás por fuerzas estadounidenses, anunciado por Donald Trump, aunque aún no reconocido oficialmente por Miraflores. Ese dato no es menor. Todo indica que Maduro percibe la presión estadounidense no como una abstracción diplomática, sino como una amenaza real y cercana. Una amenaza que podría escalar si él comete el error de provocar, incluso desde un micrófono.

Muchos se preguntan por qué no se lanza una ofrnsiva armada contra Maduro y ya. La respuesta es que un Cártel puede sobrevivir facilmente sin su capo. Solo se reemplaza por otro y ya. Para acabar con el cártel, se debe acabar su estructura. Eso es lo que se está haciendo. 

El temor de Maduro y los suyos es justificado. Su miedo no es solo a un ataque puntual, sino a lo que vendría después, pues una escalada de acciones militares o de inteligencia dejaría en evidencia algo que el régimen se esfuerza por ocultar: la incapacidad de Maduro y de las fuerzas armadas del cártel para defenderse. Esa exposición pública pondría en tela de juicio no solo al régimen, sino al propio entramado criminal que lo sostiene. El Cartel de los Soles no se legitima únicamente por la violencia, sino por la “percepción de control”. Cuando esa percepción se rompe, comienzan las fisuras internas, los cálculos individuales y, eventualmente, los levantamientos contra un narcoestado que ya no parecerá invencible para nadie.

Maduro lo sabe. Por eso hoy ofrece petróleo con una sonrisa forzada, mientras intenta borrar años de discurso incendiario. No es pragmatismo, es miedo, y cuando un régimen gobernado por el crimen empieza a hablar en voz baja y a contradecirse en público, no es porque haya cambiado de valores, sino porque siente que la salida ya no es una consigna opositora, sino una posibilidad concreta.


Jose Calabres

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