Lo que muchos daban por imposible y otros por inevitable hoy circula como noticia pública: Maduro está fuera del poder. El anuncio sacude titulares y despierta una ansiedad comprensible, porque la verdadera pregunta no es qué pasó, sino qué viene ahora.
Según lo que se ha informado, Estados Unidos asumiría temporalmente la administración del país para “estabilizarlo” y crear las condiciones de una transición. Nada de esto sorprende a quienes llevan meses leyendo el tablero con frialdad. Si este escenario ocurría, y todo indicaba que ocurriría, la presencia directa de EE. UU. era casi obligatoria para neutralizar cualquier intento de resistencia de las fuerzas leales al chavismo. No estamos hablando de un partido político derrotado, sino de una estructura con lógica de cártel, con ramificaciones, recursos y lealtades que no se disuelven con un comunicado.
El problema es que, mientras una figura cae, los otros jerarcas permanecen. No han sido capturados, no han sido neutralizados públicamente, no han sido exhibidos. Están ahí, en una especie de poder en suspensión, un limbo peligrosamente familiar para los venezolanos.
Y ahí comienza la inquietud real.
Debenos tener una actitud cauta en estos momentos. Venezuela rara vez responde a la lógica lineal. Venezuela no es un país donde A conduce a B sin antes pasar por C, D y una traición inesperada. Que Maduro esté fuera no significa que el sistema haya caído, significa, apenas, que una ficha fue retirada del tablero.
¿Por qué no tocar a los otros? Las hipótesis se multiplican. Tal vez Maduro se entregó a cambio de garantías y de información. Tal vez los demás lo entregaron a él para salvarse. O tal vez estamos ante un escenario más complejo, donde nadie dice toda la verdad.
En medio de esa ambigüedad aparece una pregunta incómoda: ¿es Donald Trump un actor confiable para liderar aunque sea de forma temporal la reconstrucción democrática de Venezuela?
Sus declaraciones recientes no ayudan a despejar dudas. Ha afirmado que María Corina Machado aún no cuenta con el “respaldo” suficiente y que no estaría preparada para asumir el poder, lo cual suena altamente disonante con lo que los venezolanos sentimis y denostramos en las últimas elecciones presidenciales. Al mismo tiempo, Delcy Rodríguez aparece en televisión, rodeada de altos cargos del mismo aparato que supuestamente fue derrotado, asumiendo de facto un rol central. Más inquietante aún es el tono con el que Trump se ha referido a ella, describiéndola como alguien “dispuesta a hacer lo que sea para hacer a Venezuela grande de nuevo”.
Esa comparación, ese contraste entre cómo se nombra a una y cómo se deslegitima a la otra, eriza la piel. No por paranoia, sino por memoria histórica. Los venezolanos sabemos leer entre líneas. Sabemos que el lenguaje del poder rara vez es inocente, y Trump no es precisamente una persona confiable o moralmente a la altura de las circunstancias.
Al mismo tiempo, Trump ha sido claro en otro punto: el régimen debe terminar, y ha advertido que, si es necesario, volverá a atacar, incluso con más fuerza. El mensaje es duro, pero también contradictorio. ¿Fin del régimen con los mismos actores visibles? ¿Transición con figuras del sistema ocupando el escenario?
Por ahora, todo es ruido, señales cruzadas y silencio estratégico. No podemos esperar que los próximos pasos se anuncien como una agenda pública. Las decisiones reales, las que importan, nunca se transmiten en cadena nacional.
Lo único relativamente claro es esto: la fortaleza que el cártel ha querido proyectar no es real. Si lo fuera, nada de esto estaría ocurriendo. Y en las próximas horas (no semanas, no meses) muchas cosas pueden cambiar. Conviene, entonces, hacer lo que más cuesta: esperar con cautela. No celebrar demasiado pronto. No caer en el pánico. No comprar narrativas cerradas.
Será una semana tensa. Después, probablemente, vendrán meses de una “estabilización” llena de grises, negociaciones opacas y decisiones incómodas. Como siempre en Venezuela, el final de un capítulo no garantiza el inicio de uno mejor.
Solo nos recuerda que la historia aún no termina, pero el camino a la libertad parece abrirse una vez más.
Jose Calabres

