Hay una trampa muy clara en los procesos políticos largos, y es hacerle creer a la gente que algo cambió cuando en realidad todo sigue igual o incluso, peor. Eso es lo que ha pasado en Venezuela y sigue sucediendo.
El llamado “interinato”, que se vendió como la salida al narcochavismo, terminó funcionando como un mecanismo que le dio oxígeno al mismo sistema que nos dijo EEUU que supuestamente iba a desmontar. Esta no es una opinión emocional, sino un hecho observable: el poder asesino narco chavista no cayó, se adaptó.
El venezolano lo siente, incluso sin necesidad de meterse en análisis políticos profundos. Lo ve cuando cambian los nombres de dirigentes en cargos de poder pero todo sigue igual. Cuando no hay justicia, cuando no hay consecuencias, cuando la promesa de ruptura se convierte en una espera eterna en la que solo piden “paciencia”, como si 27 años no fuesen suficientes.
Hemos pensado por mucho tiempo que el problema era una figura, pero el problema siempre fue el sistema. Así es como funciona un cártel: sacas a un capo y aparece otro. Hoy es Delcy, mañana será otro, pero la lógica es la misma. El cártel no deja de existir o funcionar porque elimines a un capo. Los cárteles son estructuras, no una figura.
Pero lo que hoy venos con angustia no es que el cártel sobreviva intacto, sino que ha logrado algo inaudito: legitimarse ante el mundo.
Lo que debería verse como la caída de la estructura y que se nos vende como transición en realidad no es más que “CONTINUIDAD” a cambio de recursos. Y ahí está la gran frustración del venezolano: no solo enfrenta a un poder asesino y criminal que no cede, sino a una narrativa internacional que lo valida y que insiste en que ahora hay “transición democrática”, cuando la realidad del venezolano es silenciada por medios internacionales que reflejan lo que dice Trump y sus acólitos: Delcy es maravillosa.
Eso no es ingenuidad, es conveniencia y manipulación pura.
El resultado es una sociedad cansada, desconfiada, golpeada. No solo por la crisis económica, sino por algo más profundo: la pérdida de confianza en una salida verdadera porque el “aliado” no es tal y el opresor dedica muchas fuerzas a dividir y a debilitar cualquier intento de alcanzar la libertad por cualquier medio. No es fortuito que los medios y las redes estén atestados de ataques contra Maria Corina Machado pero normalicen el “interinato” como si fuera un gobierno legítimo, obviando que no ha sido electo, que está en contra de la constitución y que su permanencia va en contra de cualquier principio legal venezolano. Cuando la gente empieza a sentir que todas las soluciones son parte del mismo problema, se paraliza. Y eso es exactamente lo que permite que sistemas asesinos se mantengan, como en Cuba, Nicaragua y Venezuela.
Pero quedarse en la denuncia no basta. Aquí hay una verdad incómoda: si el problema no es solo quién gobierna, la solución tampoco es solo cambiar nombres. Si bien es cierto que MCM encarna la esperanza de un cambio, también es cierto que debemos mirar hacia adentro. Es necesario entender que el narco chavismo también se sostiene en el miedo, la dependencia, la desorganización y la costumbre de esperar a que otros resuelvan.
Esto no es culpar al pueblo. Es entender dónde está realmente la batalla para poder enfrentar al enemigo y tener una posibilidad real de vencer. Y es que si el poder ha sabido adaptarse para mantenerse, la sociedad también puede adaptarse para resistir y cambiar las reglas del juego. ¿Estanos preparados y dispuestos a eso? Yo creo que si.
El punto de partida no es un gran evento épico por suceder ni la llegada inminente de un salvador. Es dejar de aceptar la mentira como algo normal, informarse, hablar claro, organizarse, recuperar la confianza entre ciudadanos y asumir que la libertad no se decreta, se construye. Debe haber protesta, constante, dura y sin cansancio.
Lo que siente hoy el venezolano no es solo frustración. Es una claridad nueva, dura, pero necesaria: nadie vino a salvarnos, sino por recursos, y mientras los tengan, nuestro bienestar no les preocupa en lo más mínimo. Desde esa claridad puede empezar algo distinto; un cambio que no dependa de ilusiones, sino de decisiones. Cuando una sociedad deja de creer las mentiras del sistema por comodidad, ese sistema empieza, inevitablemente, a debilitarse. El sistema se mantiene porque nosotros lo dejamos ser. Debemos cambiar eso.
Jose Calabres

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