Sé que he dejado de escribir desde hace un buen rato. La verdad es que siento que mis artículos, aunque reflejan la indignación que nos embarga a todos, comienzan a ser simplemente repetitivos. Me parece absurdo escribir constantemente sobre temas que todos vivimos a diario y que, la verdad, no necesitan más explicación.
Pero pienso que lo que acaba de suceder el día de ayer en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York merece algunas palabras, y vaya que hay cosas que decir.
En primer lugar, no deja de ser una bofetada a la decencia ver cómo una narcotraficante asesina puede pasearse como si nada por la sede de la organización (que, aunque es quizá la más inútil de la historia, se supone que representa un concierto de naciones que supuestamente defienden la democracia y la paz), mientras a miles de venezolanos que huyeron justamente de esa dictadura y que se encontraban en este país TRABAJANDO son perseguidos, humillados, tiroteados y deportados como criminales.
Pero, si a ver vamos, la verdad es que este organismo dista mucho de lo que debería ser. Por su podio han desfilado ya muchas veces otros oprobiosos de la historia: Chávez, Maduro, Delcy varias veces, Ortega, Fidel, Gadafi, Ahmadinejad, Putin y una larga lista más. La ONU jamás ha servido más que para alojar en hoteles de lujo al grupo de asistentes a sus reuniones y extender cartas inútiles con opiniones que de nada sirven a nadie. Jamás han detenido un genocidio, una guerra, una invasión. Su Consejo de Derechos Humanos ha sido incluso PRESIDIDO por Venezuela y Rusia, y su Consejo de Seguridad, igual. No solo ha sido un organismo inútil, sino que cualquier acción que pretenda hacer puede ser vetada por la dictadura china, rusa o estadounidense. Es decir: sus miembros no pueden hacer nada que no les guste a esas tres dictaduras. Entonces, ¿para qué sirve?
Más allá de eso, no deja de llamar poderosamente la atención la muy penosa intervención de la Mona en tacones ante el organismo casi vacío que la escuchó. El discurso, que más parecía una carta leída por un secuestrado ante una cámara, refleja no solo lo apretado que tiene el collar de castigo, sino la realidad del secuestro del país. No hubo una sola mención al 3 de enero. En cambio, sí hubo “agradecimiento” a Trump por “restablecer la diplomacia”, que es como le dice la Mona a lo que horas antes el mismo Trump señaló como “botín del ganador” ante los representantes del mundo entero, con una sonrisita diabólica, y que no es más que la apropiación absoluta de todos los recursos del país. Y con TODOS LOS RECURSOS me refiero a TODOS, porque incluye no solo el petróleo y los minerales, sino incluso las reservas de oro que quedaban en el Banco de Inglaterra y que ya están en proceso de ser trasladadas a Nueva York en cualquier momento. Delcy “agradeció”.
Tampoco deja de sorprender, a pesar de la ya acostumbrada capacidad de caretablismo tan afilada del narcochavismo, las menciones a elecciones y democracia en el discurso de la Mona narcotraficante, señalando que se debe “acabar con la división para restaurar la paz”, como si fuese una suerte de demócrata recién electa. La desconexión con la realidad es abrumadora, como siempre, pero no es más que el reflejo claro de lo que es el narcoDelcismo, que es resultado de tres décadas de ensayo de discursos de un cartel que disimula ante organizaciones que solo sirven para lavarles la cara.
Por su parte, Trump no se aleja mucho de esta estrategia. Su presentación, a la que solo faltó un PowerPoint con figuritas de él vestido de Superman, ha dejado al descubierto, una vez más, una clara prueba de que sufre alguna discapacidad mental clara. Se ha referido a tópicos como la economía de EE. UU. y su papel en guerras e intervenciones en el mundo de una manera que no dista en nada de discursos disociados como los de Maduro u Ortega, pero con el toque de un neoconquistador con esquizofrenia. Amenazas, mentiras y delirios son el alma de sus discursos siempre, y esta vez no podía ser diferente. Su frase de “el ganador se queda con todo”, refiriéndose a Venezuela, no deja de ser una afrenta a la decencia más fundamental, pero también deja claro lo que siempre ha sido su intención.
Pensar en la ONU como en una instancia que sirve para algo o como una palestra de justicia, la verdad, es que es risible. Pero no deja de llamar la atención cómo se hace reflejo de la verdadera moral mundial ante los problemas que se enfrentan globalmente. Pocos países están dispuestos a levantar la voz ante la injusticia y el abuso. Nadie se atrevió a tocarle una pluma al ego de Trump. Nadie rechazó públicamente la presencia de Delcy. Todos se abrazaron y besaron como si todo aquello fuese algo normal. Mientras tanto, MCM fue bloqueada por “alguien” para que no pudiese regresar a Venezuela, o al menos eso dicen… La verdad es que, con el tiempo pasando, cada día se hace más difícil creer y mantener la esperanza de un mejor porvenir para todos. Me temo que estamos en medio de una de las eras más oscuras de la historia.




