Nada de lo que dice Delcy Rodríguez es verdad. Nada de lo que dice sobre soberanía, independencia o “defender la patria” conserva ya un solo vestigio de realidad que pueda sostenerse frente a los hechos que estamos viendo.
Ella no “llegó” a la presidencia de Venezuela porque el pueblo la eligiera ni porque tuviera base de poder alguna, sino porque un tribunal chavista, corrupto y aterrorizado, dictaminó que Maduro estaba “temporalmente ausente” después de que fuerzas estadounidenses lo capturaran en Caracas, en su propio búnker, y lo trasladaran fuera del país bajo custodia extranjera.
Delcy se presenta ante las cámaras hablando de patriotismo y de diplomacia. De manera prácticamente esquizofrénica asegura que no permitirá que Venezuela sea colonia de nadie y hasta declara que “si algún día voy a Washington será de pie y no arrastrada”. Esa frase no es una declaración de independencia, es la confesión involuntaria de alguien que ya está arrastrada, porque no gobierna, sino que administra la escena para quienes sí deciden.
El presidente estadounidense que lideró la operación que sacó a Maduro del país habló abiertamente de “gobernar” Venezuela indefinidamente hasta asegurar una transición pacífica y de tomar el control de sus reservas petroleras. Y aunque algunos prefieren leer los halagos de Trump hacia Delcy como señales diplomáticas, la traducción real es mucho más simple: Delcy hace exactamente lo que se le ordena. Eso le encanta a Trump. Tener vasallos complacientes es su especialidad, y en el narco cartel que gobierna Venezuela encontró a los más mansos y arrastrados que haya visto.
Es inútil dar vueltas a lo que los voceros del narco régimen llaman “acuerdos”, “soberanía compartida” o “cooperación”. Lo que ocurre es brutal y directo: Venezuela está bajo el mandato de una potencia extranjera, con decisiones dictadas por funcionarios de Estados Unidos que no fueron elegidos por nadie en este país y que controlan los recursos, las rutas económicas y los márgenes de maniobra política.
El gobierno de Trump ha sido explícito. Las autoridades venezolanas actuales actúan bajo supervisión directa de Washington.
La narrativa chavista difundida por sus medios palangristas, con titulares que insinúan que Venezuela recupera el control de sus recursos o que existen acuerdos entre Venezuela y Estados Unidos, intenta disfrazar una subordinación que nadie con los ojos abiertos puede negar.
Estados Unidos controla todo lo relacionado con la venta del petróleo venezolano, controla la distribución de las ganancias y controla la reconstrucción económica. Ese control no nace de un convenio entre iguales, nace de la capacidad de una potencia para imponer condiciones y decidir quién se queda con el mando nominal hasta que decida cambiarlo. Delcy y su narco combo son apenas figuras transitorias, fantasmas administrativos que desaparecerán cuando dejen de ser útiles.
Luego están las frases prefabricadas del chavismo y la estética de un discurso que pretende ser memoria y legitimidad. Delcy Rodríguez habla de soberanía como si la palabra tuviera algún peso real en el contexto en el que opera.
Pero la soberanía no se proclama con consignas ni se sostiene con discursos televisados cuando todo el poder de decisión está en manos de otro gobierno. Cuando las órdenes reales vienen de afuera, no importa cuántas veces se repita la palabra independencia, el país deja de serlo en los hechos. Si algo ha sabido hacer el chavismo es entregar el país y recibir órdenes. Antes era Cuba, Rusia o China. Ahora obedecen a Trump.
Lo más obsceno de este momento no es la sumisión en sí, sino el esfuerzo casi infantil por fingir que no existe. El régimen ya no gobierna ni siquiera desde la vieja mentira épica del chavismo original. Ahora intenta sobrevivir desde la manipulación burda de titulares, desde el maquillaje torpe de hechos que cualquiera puede verificar con dos clics.
No intentan construir un relato, intentan tapar el sonido del derrumbe cantando y bailando, con la esperanza absurda de que nadie se dé cuenta.
Cuando aviones procedentes de Estados Unidos aterrizan en Venezuela con ciudadanos deportados, los medios del narco régimen hablan de “compatriotas que regresan al país gracias al plan Vuelta a la Patria”. El truco es viejo y cada vez más descarado. Cambiar deportación por regreso no cambia la realidad, pero sí deja al desnudo que Estados Unidos no solo capturó al líder del cartel, sino que además obliga a sus sucesores a recibir a los deportados sin chistar y, peor aún, aplaudiendo. La humillación es abismal.
El chavismo moribundo intenta confundir imposición con solidaridad y humillación con triunfo. No dicen que aceptaron esas deportaciones porque no tenían margen para negarse. No dicen que forman parte de las condiciones impuestas tras la captura de Maduro. No dicen que ese “plan” funciona ahora como mecanismo de cumplimiento frente a un poder externo que los aplasta sin esfuerzo.
Lo mismo ocurre con el petróleo, convertido en utilería discursiva. Los voceros hablan de “cooperación energética” como si Delcy tuviera capacidad de negociación. No explican que ese petróleo fue incautado, administrado y vendido desde Washington, y que los ingresos anunciados no son fruto de soberanía alguna, sino de concesiones otorgadas bajo permiso y supervisión. Eso que Delcy llama diplomacia no es otra cosa que obediencia.
Mientras tanto, figuras del régimen, aterrorizadas por el futuro que se les viene encima, niegan contactos con Estados Unidos, desmienten conversaciones y fingen que la captura de Maduro ocurrió por generación espontánea y no por traición interna. Como si un capo pudiera ser extraído de su país sin cooperación desde adentro. Como si la historia fuera tan ingenua como el discurso que intentan vender. La negación no es defensa, es pánico. Y el pánico existe porque quedó claro que la lealtad siempre fue negociable y que el chavismo terminó siendo exactamente lo que durante años acusó a otros de ser: cachorros del imperio. Hoy ya ni siquiera es metáfora.
Delcy Rodríguez intenta lavarse la cara con palabras grandes porque sabe que los hechos la superan. Sabe que no puede explicar por qué sigue en el poder ni por qué Trump la tolera. Sabe que su permanencia depende de cumplir órdenes sin protestar.
Quien todavía defienda este relato no defiende soberanía ni estabilidad. Defiende una ficción ridícula. Y las ficciones se rompen con hechos. El hecho es que Maduro está preso. El hecho es que Trump decide qué se hace con el petróleo venezolano y con el dinero que produce. El hecho es que Estados Unidos manda, Delcy obedece y, cuando deje de ser útil, también desaparecerá… Ya veremos cómo será su final.
José Calabres
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