Por años el debate sobre Venezuela giró alrededor de una pregunta aparentemente sencilla: ¿cómo salir del chavismo? Hoy, esa pregunta parece haber sido sustituida por otra mucho más incómoda: ¿Quién gobernará después del chavismo?
Las noticias publicadas en las últimas semanas muestran un escenario que va mucho más allá del apoyo internacional a una transición democrática (que es lo que esperábamos todos los venezolanos) y se muestra cada día más como lo que es: una dictadura extranjera. Aunque se habla de elecciones, en la práctica se habla es solamente de “manejo del pais y sus riquezas” desde Washington.
Hoy, Venezuela es una hacienda de Washington como JAMÁS lo hubiese imaginado nadie. Desde la oficina oval se ejerce el control de los ingresos petroleros, de la supervisión de los presupuestos nacionales, de la administración de fondos en cuentas extranjeras, de la autorización para utilizar recursos venezolanos, de la reconstrucción del país y, según algunas informaciones, incluso de una administración temporal dirigida desde Washington que pronto enviará, al mejor estilo chavista, a mas de 3000 militares para que tomen el control directo del pais con la excusa de “reconstruirlo”, que es como llama Trump al proceso de expropiación de recursos que lidera contra Venezuela.
Por separado, cada una de estas medidas puede presentarse como una decisión excepcional destinada a evitar la corrupción, proteger los recursos públicos o garantizar la estabilidad. Sin embargo, cuando se observan en conjunto, dibujan una realidad completamente distinta.
Estados Unidos no solo influye sobre Venezuela, sino que comienza a ocupar espacios que tradicionalmente pertenecen exclusivamente al ejercicio de la soberanía de un Estado.
No se trata simplemente de recomendar o impulsar reformas políticas, sino de imponer decisiones unilaterales. Se trata de participar en la administración del principal recurso económico del país, supervisar el destino de sus ingresos, condicionar el acceso a fondos nacionales y definir las reglas bajo las cuales podrá desarrollarse la futura transición política. En otras palabras, el centro de gravedad del poder comienza a desplazarse fuera de Venezuela.
Quizá el término más preciso para describir esta situación sea soberanía suspendida.
Formalmente, Venezuela continúa siendo un país independiente. Conserva bandera y algunas instituciones que ya no ejercen poder. Las leyes sin embargo, no se cumplen, y en el colmo del cinismo, se han decretado algunas nuevas en favor de los intereses gringos. Por otra parte, las únicas autoridades que se mantienen tras la captura de Maduro son ilegítimas, pero 100% apoyadas por EEUU, que en un alarde de “caretablismo” además le ha dado la espalda al verdadero liderazgo democrático del país encabezado por Maria Corina Machado.
Hoy, sin duda alguna, las decisiones más importantes dependen cada vez más de la aprobación de una potencia extranjera y un régimen ilegítimo que juega a complacer al invasor con tal de permanecer.
Y ahí aparece la gran contradicción. EEUU busca presentar una fulana transición como un proceso de tres fases para devolver la democracia a los venezolanos, pero es ese mismo gobierno extranjero quien parece decidir bajo qué condiciones podrá desarrollarse esa democracia. En otras palabras: será cuando “ellos digan y les parezca”, no cuando los venezolanos decidan.
¿Quién administra los ingresos del petróleo?
¿Quién autoriza el uso de esos fondos?
¿Quién determina cuándo existen condiciones para celebrar elecciones?
¿Quién decide qué actores son aceptables y cuáles no?
Cuando esas respuestas apuntan hacia un actor externo, resulta inevitable preguntarse si el objetivo continúa siendo restaurar la soberanía venezolana o si, por el contrario, se está construyendo un nuevo sistema de dominación.
No hace falta reemplazar la bandera de un país para limitar su autonomía. Las formas contemporáneas de dominación rara vez necesitan una ocupación militar clásica. Hoy pueden ejercerse mediante el control de los sistemas financieros, las licencias económicas, las sanciones, los recursos estratégicos, la capacidad para autorizar inversiones o la influencia sobre las instituciones políticas. Justamente eso es lo que vemos hoy, y nadie puede negarlo.
La imagen puede resultar incómoda, pero quizá sea la que mejor resume lo que está ocurriendo: Venezuela corre el riesgo de convertirse en una hacienda administrada desde el exterior. Produce petróleo, pero otro decide quién lo vende. Genera ingresos, pero otro determina dónde se depositan. Necesita reconstruirse, pero otro define cómo se utilizarán los recursos para hacerlo.
Naturalmente, existe un argumento poderoso que suele utilizarse para justificar esta situación: El Estado venezolano fue profundamente corroído por la narco corrupción, el autoritarismo y el saqueo de los recursos públicos por parte de un cartel y sus amigos de otros regímenes igual de corruptos como Cuba, Irán, Rusia y paremos de contar. Permitir que miles de millones de dólares regresen sin controles podría reproducir exactamente los mismos problemas que llevaron al colapso del país. Ese podría sin duda alguna ser un argumento de aquellos que defienden la intervención estadounidense, y ese razonamiento no carece de lógica, pero tampoco responde a la pregunta fundamental: Que un Estado haya administrado mal sus recursos no significa automáticamente que otro Estado adquiera el derecho de administrarlos en su lugar.
La alternativa a un sistema opaco controlado por Caracas no debería ser otro sistema opaco controlado desde Washington, porque cambiar de administrador no equivale a recuperar la soberanía. EEUU sacó a Maduro, y se agradece, pero a cambio, parece haber secuestrado al país para su propio beneficio económico.
Pero lo más preocupante de todo es que esta nueva estructura podría consolidarse sin encontrar demasiada resistencia, lonque lleva entonces a otra pregunta mucho mas incómoda: si no queremos que EEUU sea el patrón del país solo porque sacó a Maduro, ¿que hacemos los venezolanos que hemos dejado al chavismo seguir en el poder? ¿Estamos esperando que?
Después de años de crisis económica, migración masiva, deterioro institucional y desesperanza, millones de venezolanos estarían dispuestos a aceptar prácticamente cualquier modelo que ofrezca estabilidad, seguridad y crecimiento, y eso es perfectamente comprensible. De eso se ha aprovechado EEUU.
Cuando la prioridad diaria es sobrevivir, conceptos como soberanía, independencia o autodeterminación parecen lujos intelectuales. Sin embargo, la historia demuestra que muchas formas de dominación han comenzado exactamente así. No olvidemos como se instauró el chavismo. No mediante la imposición permanente de la fuerza, sino ofreciendo orden donde antes había caos, estabilidad donde antes había incertidumbre y prosperidad donde antes existía pobreza. Promesas que llenaron de esperanza a todos pero que solo eran palabras vacías. Fue el chavismo quien nos trajo a esto, justamente. Fue el chavismo quien quebró al país, quien destruyó todo y quien incluso nos trajo a los gringos a saquear.
Ese es el verdadero dilema que enfrenta Venezuela. La discusión comienza a ser si, al abandonar una estructura de poder profundamente dictatorial, el país está entrando en otra forma de dominación extranjera más sofisticada, más eficiente y quizá más difícil de reconocer, porque una nación no recupera plenamente su libertad únicamente cuando cambia de gobierno, sino cuando vuelve a decidir, por sí misma, el destino de sus recursos, de sus instituciones y de su futuro. ¿Cuando vamos los venezolanos a finalmente sacar al chavismo y convocar nuestro propio proceso democrático para recuperar nuestra soberania?
Jose Calabres
#Venezuela
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