Marco Rubio ha declarado recientemente que “Venezuela necesita un gobierno democrático y estamos encaminados para lograrlo”. Dicha afirmación parece, a primera vista, algo obvio. Casi una declaración que recalca una verdad tácita. Pero en el caso venezolano, esa frase no es una meta, sino un campo de batalla.
Porque en Venezuela, la democracia no es solo un sistema político pendiente; es una palabra desgastada por el uso, secuestrada por discursos patrioteros de tercer, manipulada por intereses corruptos disfrazados de pueblo, invocada tanto para justificar acciones como para ocultarlas… y ahí comienza el problema.
Rubio insiste en que el país necesita un gobierno “estable” y “legítimo” que permita inversión, desarrollo y confianza. Pero esa idea, aunque correcta en lo económico, corre el riesgo de simplificar algo mucho más profundo: la democracia no puede reducirse a estabilidad ni a productividad. No es un mecanismo para tranquilizar mercados. Es, o debería ser, un proceso incómodo, imperfecto, incluso caótico, donde el poder deja de pertenecer a unos pocos y se ejerce, de verdad, desde la gente. Eso no sucede en Venezuela desde hace casi 30 años. En nuestro país la democracia fue secuestrada por un grupito que hace lo que le da la gana bajo lemas patrioteros.
Venezuela es un país donde se habla de votaciones, de leyes, de decretos, pero que en la práctica nadie puede auditar nada. Eso no es democracia, sino una trampa con coartada. Ir a una elección bajo amenaza, con ventajismo, con control total del régimen, sin observadores neutrales y sin resultados transparentes es un absurdo. El más claro ejemplo está en las elecciones presidenciales de 2024, de las que el régimen, hasta hoy, no ha mostrado ni una sola acta de resultados. NI UNA, y aun así, continúan usurpando el poder. Hoy incluso se habla de una nueva “constituyente obrera”, algo que no existe en ninguna parte, y la Mona con Tacones se muestras como “sucesora” como si en Venezuela hubiese “mandatos por herencia”, como una suerte de realeza oscura narco asesina.
Voy a permitirme dar una opinión personal , saliéndome un poco del análisis situacional para hablar más como un venezolano preocupado cualquiera sobre lo que muchos sienten (creo) que debe hacerse con urgencia, y no es más que convocar a elecciones legítimas.
Sé que hay quienes piensan que no se puede avanzar sin antes reemplazar el CNE, los poderes públicos, sacar a Diosdado, etc. y en parte es coincido con todo eso... Es necesario reinstitucionalizar el país. Es evidente. Pero en este momento de tutelaje donde Trump sólo se refiere a Venezuela como a un tesoro lleno de riquezas a explotar y que el maneja por completo, se hacen visibles varias incomodidades. Primero: ¿hasta cuándo seguirá el mismo grupo en el poder, amenazando, reprimiendo y saqueando? No parece haber hasta ahora un plan público claro para desmontar esa estructura ni acciones concretas que limiten su capacidad de control. Los venezolanos no solo seguimos igual, sino que la situación ha incluso empeorado, porque ahora la represión, inflación y crisis se ha profundizado mientras Trump se deshace en elogios hacia la maravillosa Delcy. Necesitamos arreglar esto DESDE el pueblo venezolano, sin esperar a que sea Rubio o Trump quien decida cuando es el momento. Los que sabemos la verdad de este sufrimiento somos los venezolanos. ¿Que hacemos entonces?
Ante esta realidad alterada, me da la impresión de que ha ocurrido algo. Llevo días sin escribir nada. No había mucho que decir que no sepamos todos ya y practepetir noticias o análisis a diario no tengo tiempo. Pero ahora, ha sucedido algo.
Creo que Trump asumió que tomar control político de Venezuela implicaría acceso automático a su petróleo y a sus recursos. Pero acceder a esas riquezas implica explotarlas, y eso requiere inversiones millonarias que las empresas no están dispuestas a hacer bajo las condiciones de incertidumbre institucional. Trump apuró a sus nuevas mascotas a redactar y modificar leyes en tiempo record para dar “sustento legal” a sus demandas de explotación de recursos, pero los inversionistas no son tontos. No hay ley que el narco chavismo respete. Apostar a que la política sustituye las garantías jurídicas ha sido, en el mejor de los casos, una lectura incompleta de la realidad.
El problema es estructural. Las empresas piensan a largo plazo. Ninguna gran inversión petrolera o minera se hará en un país sin seguridad jurídica (mucho menos si esa seguridad depende del narco chavismo), con riesgo de expropiación y con un horizonte político inestable. Por eso, lo que realmente se necesita no es control, sino lo que siempre se repite en términos técnicos: “marcos legales estables”. Es decir, un gobierno legítimo y democrático, y aunque Trump quiera jugar a ser rey, eso no es compatible con el modelo actual.
En este contexto, el Senado de Estados Unidos ha aprobado una resolución que exige claridad sobre el plan hacia Venezuela y obliga a la administración actual a poner sobre la mesa esfuerzos concretos para apoyar una transición democrática. No se trata solo de declaraciones, sino de acciones verificables.
Y aquí aparece una tensión inevitable: sin inversión no hay recursos que explotar, y sin legitimidad no hay inversión. Por lo tanto, el camino inevitable vuelve al mismo punto: elecciones reales.
En ese escenario, es evidente que existe una figura con respaldo popular significativo y reconocimiento internacional: Maria Corina Machado. Ignorar ese hecho, como a veces pareciera que Trump intenta, no lo elimina y solo retrasa lo inevitable. Cualquier intento de construir una alternativa al margen de esa legitimidad corre el riesgo de repetir los errores del pasado, o peor, fracasar inevitablemente.
Entonces, la pregunta no es si Venezuela necesita democracia. Eso ya está claro. La pregunta es: ¿quién la construye?
Si el proceso democrático nace condicionado por intereses externos, por acuerdos opacos o por estructuras heredadas del mismo sistema que se intenta superar, entonces no es una transición, sino una mutación, y Venezuela ya ha vivido demasiadas mutaciones que se disfrazan de cambio como para que vengan a meternos el cuento chino de que Delcy es maravillosa y todo esta perfecto.
La democracia, si llega, no vendrá como concesión ni como plan estratégico. Vendrá como un proceso lento, incómodo, profundamente humano, en el que el país tenga que mirarse a sí mismo sin intermediarios, sin tutores, sin narrativas impuestas y con una gran conciencia de la realidad que debemos cambiar como venezolanos. NADIE puede decirnos a los venezolanos como es la realidad de nuestro propio país y que es lo que debemos cambiar. Eso ya lo sabemos.
Al final, el verdadero desafío no es reemplazar un poder por otro, sino desmontar la idea de que el poder siempre tiene que estar en manos de alguien más y que no es nuestra responsabilidad hacer que ese poder se ejerza de manera legítima, responsable y auditable.
Jose Calabres
#Elecciones #Venezuela

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