domingo, 7 de julio de 2024

#28J LA SEGUNDA INDEPENDENCIA


Bien sabido es para todo el mundo, y con mundo me refiero literalmente a todo el mundo, que en apenas unas semanas, si la dictadura narcoasesina de Maduro no pone en marcha un plan para retrasar las elecciones presidenciales que ellos mismos han adelantado, en Venezuela se realizara un acto de votación histórico. Y no es que actos de votación anteriores no hayan sido históricos. Pasarán a los libros de historia capítulos lamentables como la elección de 1999 en la que Chavez modificó la constitución para comenzar con su reino de corrupción y narcotráfico. No faltará luego la trágica historia del referendum de 2009 en la que Chavez impuso por la fuerza una enmienda constitucional para perpetuarse en el poder indefinidamente tras haber perdido en 2007 el referendum para modificar la constitución con el mismo fin. Deplorable. En 2012, Chavez se lanzó a la carrera presidencial contra Capriles sabiendo que tenía cancer terminal al punto de gravedad que días después de robar la elección, se fue a Cuba para no volver nunca más. EN 2013, la elección entre Maduro y Capriles fue un robo descarado que terminó de definir en el mundo que en Venezuela habían fraudes electorales desde hacía mucho tiempo atrás. Ni mencionar las elecciones de Asamblea Nacional, en la que el régimen modificó los circuitos de votación de una manera tan astuta que aunque la oposición obtuvo casi un millón de votos MÁS que el régimen, de manera absurda, el oficialismo era mayoría en el parlamento en el 2010. En 2015, el régimen perdió las elecciones de la AN y por orden del TSJ (Tribunal Supremo de Justicia a la orden del regimen) se prohibió la adjudicación al cargo de tres diputados para evitar que la oposición tuviese la mayoría calificada, con la cual podrían ordenar auditoría del régimen. Poco después, Maduro y su narcorégimen simplemente nombraron una AN paralela e ilegal a su favor. Lo mismo hizo con el TSJ, en el cual el máximo representante es un ex convicto por asesinato y al que se le decomisó una mansión en Italia valorada en casi 3 millones de euros, seguramente provenientes de los ahorros de su sueldo como magistrado (introduzca risa sarcástica).


La elección de 2018 fue tan amañada y absurda, que mas de 76 países desconocieron el resultado por ser claramente un robo electoral mas que evidente. Hasta hoy, el régimen de Maduro es desconocido por la mayoría de países democráticos del mundo.


Entonces, si siempre la dictadura hace trampa, ¿cual es la diferencia con esta elección venidera? Pues que la elección que viene en pocas semanas se realizará bajo un escenario que no se había dado en los últimos 25 años de historia política en Venezuela. 


No olvidemos que el primer gran fenómeno político contra el régimen se realizó con Henrique Capriles en 2012 a la cabeza de la oposición, movilizando MILLONES de personas en todo el país para enfrentar al moribundo narcodictador Hugo Chavez que aprovechó su enfermedad para ganar la simpatía de la base dura del chavismo una vez más con un discurso casi religioso en el que la famosa frase “Patria, Socialismo o Muerte” tan acuñada por el ya casi fallecido Chavez, fue cambiada por “Patria, Socialismo y Vida”, en una atolondrada alusión tardía que parecía pedir redención divina ante el inminente final de su corrupta vida. De nada sirvió todo el dinero robado al país que aseguraba amar tanto. Justicia divina.


Esa elección, amañada como todas, la ganó, obviamente y como era de esperar, el canceroso Chavez. Sin embargo, en ese momento no había mucha gente dispuesta a discutir el resultado, puesto que la idea de que Chavez era un animal de votos estaba tan instaurada en la psique del venezolano que era difícil esperar otro resultado. Las concentraciones populares que apoyaban al canceroso eran ciertamente grandes, y aunque las de apoyo al flaco Capriles eran igualmente impresionantes, la situación del cancer de Chavez parece haber calado en el espíritu de los venezolanos, que por empatía no se atrevieron a atacar a un enfermo. Pero esa victoria sería corta. Chavez murió meses después (oficialmente).


La elección de Maduro fue en cambio bien amañada. Al punto tal que al final del día de la elección, los centros de votación en todo el país se encontraban libres de puntos rojos y chavistas, que se habían retirado a sus casas ante la inminente paliza electoral que le había dado Capriles a Maduro. El resultado anunciado por el CNE esa noche, para sorpresa de todos, fue que Maduro había ganado por un margen de 0.5%.


No olvidemos como el narcoregimen no permitió la realización de un referendum revocatoria a Maduro porque “técnicamente los tiempos ya no daban” y aseguraban que se necesitaría un año como mínimo lograr la logística para recoger las firmas. Maduro, este pasado 5 de Julio dijo que quería hacer un referendum en agosto (en 2 meses) y el CNE no se ha negado. Al parecer cuando es para beneficio del régimen los tiempos si dan.


En el caso de este venidero #28J la situación es muy distinta a la de elecciones anteriores. Iremos a las urnas de votación ante un Maduro claramente débil y asustado que ya no logra llenar ni media cuadra de gente en sus concentraciones, en las que 70% de los asistentes son pagados y el restante 30% son empleados públicos obligados a asistir bajo amenazas de todo tipo. Aún así, ya ni con tamañas artimañas logra la dictadura llamar gente. Antes hacían lo mismo, usando los recursos del estado para llenar concentraciones con gente traída en autobuses de todos los estado del país. Hoy, no logran ni bajo amenaza mover a la gente ni en autobuses ni en nada. Ya el miedo a represalias no tiene efecto en la gente, cansada de vivir en un país en el que la carencia de lo más básico durante mas de 20 años hace mella. El pueblo, al que se le ha arrebatado todo, ya no tiene miedo, porque ya no hay nada más que quitarle. Le han quitado la salud, las propiedades, la comida, el bienestar, la luz, el agua, el dinero, la dignidad, y hasta la familia (mas del 25% del país ha emigrado)… ¿que más le pueden quitar ahora para amenazarlos?.


Maduro enfrentará a Edmundo Gonzalez, que es la cara visible de María Corina Machado, la mujer a la que Maduro tanto teme. Y es que no es para menos, puesto que MCM no solo representa la libertad de una Venezuela que muchos aún recuerdan, sino el regreso de algo que los venezolanos ansían desde hace mucho tiempo: Dignidad. MCM es la encarnación del regreso de la justicia que todos quieren, en la que la ley se aplique y los que deban pagar que paguen. El regreso de la dignidad y el respeto que un país merece, en el que sus ciudadanos puedan comprar los alimentos que quieran, en la cantidad que quieran sin tener que someterse a un fusil siempre amenazante, o a una amenaza de un vecino con ínfulas de todopoderoso que constantemente humilla y amenaza con quitarles algo si no se humillan ante él. Un país en el que llenar el tanque de gasolina no sea toda una aventura. Un país en el que ir a un hospital no sea casi sentencia de muerte por falta de insumos, de médicos, de transporte. Un país en el que los niños y jóvenes puedan estudiar en colegios y universidades de calidad, dignas y motivo de orgullo y no la realidad de hoy, en la que 80% de la población estudiantil no asiste a clases. Un país en le que las Fuerzas Armadas se dediquen a PROTEGER a los ciudadanos y no a extranjeros que vienen a torturarnos y a humillarnos. Un país en el que nuestros hijos no tengan que irse a buscar un futuro que su propio país les niega. Un país en el que los mayores no tengamos que esperar remesas del exterior para poder medio vivir porque tras una vida de trabajo la pensión no alcanza ni para pagar un pasaje de autobús. Un país en el que un policía no sea sinónimo de terror e injusticia criminal encabezada por un gobierno asesino. 


¿Que será diferente este venidero #28J? Que en esta oportunidad, en verdad el pueblo podrá salir a la calle a recuperar a su país. Podrá votar, en una elección seguramente amañada como todas las anteriores y con mil trabas impuestas por una dictadura asustada  en sus ultimas horas, pero que será incapaz de detener a un pueblo entero que reclama libertad. Habrán miembros de la Fuerza Armada a favor del régimen en la calle, pero también habrán MUCHOS MÁS miembros de esa misma Fuerza Armada a favor del pueblo que estarán del lado correcto de la historia. Hay decenas de países observando de cerca. Y habrá MILLONES de venezolanos defendiendo los votos y el poder del pueblo. Nunca, habíamos visto algo así antes. Nunca hemos estado tan cerca de alcanzar la libertad como este próximo #28J. Ya incluso altos miembros del régimen comienzan a mostrar sus costuras, como Jorge Arreaza. Basta con ver sus ultimas publicaciones en X. 


Hoy el narcorégimen asesino esta más asustado que nunca. Basta con ver las acciones que toman para evitar que MCM y Edmundo Gonzalez puedan realizar sus visitas de campaña. No han podido evitar que cada vez el apoyo crezca más y más. Ya no hay amenaza que asuste a nadie, porque el régimen son unos pocos, pero el pueblo son millones. Parece que por fin nos estamos dando cuenta de eso. 


El régimen canceroso y moribundo, como su fundador, sabe que ya no hay salida. Su control sobre el país se basó siempre en el miedo, y ese miedo se ha perdido ya. Ahora “negocia” con EEUU. ¿Negocia que? Es la pregunta del millón. ¿Negocia acaso su triunfo? Obviamente no. EEUU desconoce a Maduro como presidente legítimo, al igual que la mayoría del mundo democrático. Entonces por lógica nos queda solo la opción contraria sobre la mesa: Negocia su salida del poder. Eso significa que buscan una suerte de salvoconducto en le que al mejor estilo de la jerarquía Nazi, los altos cargos puedan quizá escapar al extranjero llegado el momento y se les garantice cierto grado de impunidad. ¿Hacia donde pueden irse? No lo se, pero las declaraciones recientes del presidente de Panamá en las que aseguraba que estaría dispuesto a dar asilo a Maduro si reconocía los resultados electorales me llama la atención. La visita del vomitivo canciller de Maduro al presidente de Panamá después de esas declaraciones no es un hecho para pasar bajo la mesa. Se habla también de Turquía. Rusia? Quien sabe. Lo que si podemos asegurar es que Cuba nunca es un destino elegido por los dictadores y asesinos. Lo cierto es que las negociaciones se están dando y podríamos esperar una suerte de “desbandada” repentina de buena parte de personajes del régimen muy pronto (si es que no empezó ya).


Muchos piensan que las FFAA no son más que el brazo armado de la dictadura, y ciertamente están en lo correcto, al menos en parte. No olvidemos que muchos de estos parásitos de la dictadura han apoyado al régimen por beneficios personales y obviamente económicos. Son mercenarios. Pero los mercenarios apoyan siempre al que les de dinero y no problemas, como decía Maquiavelo en El Principe, y esos mismos ya ven que Maduro no podrá seguir en el poder por mucho más, por lo que no dudarán en voltearse para ganar el buen visto del proximo líder y de esa manera lavarse un poco la cara cuando llegue el momento. Supongo que de esos hay muchos también. No muchos de esos lograrán pasar el tamiz de la justicia venidera.  tampoco. Al menos eso esperamos todos. Lo cierto es que en apenas unas semanas más, Venezuela amanecerá feliz como no lo había sido en al menos 20 años. Lo que viene después de ese día, dependerá de lo que hayamos aprendido los venezolanos en los últimos 25 años. De nosotros depende avanzar hacia un futuro mejor o volver a caer en un éter de insolencia en el que se adora a un Mesías que nos resolverá todo sin que nosotros hagamos nada, como se hizo con Chávez. 


Jose Calabres. 07/07/24









sábado, 23 de septiembre de 2023

EL VIOLIN. PARTE 1


Cuando tenía unos seis años de edad, me sentí profundamente atraído por la música.


Recuerdo que en casa teníamos uno de esos equipos de sonido que venían por partes. Un bloque era el sintonizador de radio; otro, el reproductor de casetes; otro más, una suerte de ecualizador amplificador y, finalmente, sobre todo aquello, un aparato giratorio que reproducía los discos de vinilo.


También había en casa una amplia colección de esos discos de vinilo. En esa colección se encontraba una gran variedad de música: títulos que iban desde el famoso “Abraxas” de Santana, hasta “Viaje al centro de la Tierra” de Rick Wakeman, pasando por Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de los Beatles y muchísimos otros.


Entre aquel universo de discos, había algunos de música clásica que no pasaron desapercibidos para mí. Recuerdo uno en particular que me gustaba mucho: Classical Pop (o algo así). Se trataba de música clásica adaptada con baterías y ritmos pop. Allí escuché por primera vez la Serenata nocturna de Mozart y quedé prendado. Fue ese disco el que me mostró que existían Mozart, Beethoven y muchos otros compositores maravillosos.


Yo era muy joven, pero podía pasar días enteros solo escuchando música. Poco tiempo después, mis padres, al notar mi gusto por lo clásico, comenzaron a llevarme a los conciertos de la orquesta sinfónica. Mis ojos se encontraron entonces, por primera vez, con la maravilla de los instrumentos que regalaban los sonidos que yo había descubierto en aquellos discos. Supe de inmediato que quería hacer eso también. Quería ser violinista. Pero aún era un niño y, como suele suceder, no se me tomó muy en serio al comienzo.


Mis padres decidieron comprar un nuevo equipo de sonido. Ahora existía algo nuevo que llamaban CD, que ofrecía una fidelidad sonora nunca antes experimentada. Aquel reproductor compacto permitiría escuchar música con mucha más claridad. Además, incluía tocadiscos, así que no perdería los antiguos vinilos que tanto me gustaban.


Los CD eran tan nuevos que todavía no se conseguían en las tiendas de mi pueblo, pero encontramos nuevos vinilos maravillosos. Gracias a ellos conocí a Nana Mouskouri, una cantante griega que interpretaba fragmentos del Nabucco de Verdi de manera majestuosa, y que además transitaba con elegancia los caminos de la música popular en español. Entonces comprendí que la música era un mundo inmenso.


A raíz de un viaje que mi santa madre hizo a Miami, me preguntaron qué quería de regalo. Yo tendría ya unos siete años. Mi deseo era un CD del “Réquiem” de Mozart. Me había enterado de la vida de Mozart gracias a un pequeño libro ilustrado, casi una caricatura, que narraba las peripecias del genio y su terrible final. Mis padres, artistas al fin, me habían regalado varios libros de historia de la música.


La historia de Mozart me había tocado el alma profundamente, y ahora no podía dejar de pensar en su Réquiem. Sabía que había quedado inconcluso. Necesitaba escucharlo! Pocas semanas después, mi madre regresó de Miami con el regalo prometido.


Aquel CD tenía una particularidad extraordinaria, como si la divina providencia la hubiese preparado para mí. De todas las posibles ediciones del Réquiem, mi madre eligió al azar una que incluía un pequeño libreto con las letras de cada movimiento. Yo podía leer y “entender” lo que cantaban aquella imponente coral y los solistas que rendían homenaje a Mozart. Las letras estaban, como era de esperarse, en latín, y aunque no entendía ni una palabra, me maravilló descubrir que podía cantar lo que escuchaba sin mayor dificultad, así que comencé a reproducir aquel disco sin parar, día tras día, durante largas horas, hasta memorizar las letras como si se tratara de cualquier canción popular.


Como parte de aquel regalo, mi madre también trajo dos colecciones más, de diez CD cada una: Grandes Maestros y Grandes Sinfonías.


Llegado ese punto, yo solo escuchaba música clásica. No me interesaba ningún otro género. Encontraba en los grandes maestros un universo tan vasto que podía perderme comparando el barroco con el clasicismo, el romanticismo con los cantos gregorianos… Fue entonces cuando insistí, una vez más, en querer ser violinista. Esta vez, por fin, fui tomado en serio.


A mis casi ocho años, mis padres me llevaron a la escuela de música de mi pueblo (una de las mejores de Venezuela, si me preguntan) para realizar la audición reglamentaria de ingreso.


Estaba muy nervioso. No sabía qué iba a suceder. La escuela era una suerte de templo sagrado: músicos en todos los pasillos, estudiando con sus instrumentos, en un ambiente solemne, respetuoso, virtuoso. Era como entrar a un mundo distinto, donde solo se buscaba la excelencia. Aunque me sentí abrumado al principio, entendí de inmediato que allí era donde quería estar.


Me llamaron a un salón. Entré solo. Dentro me esperaban tres profesores.


Cilino Martínez, profesor de teoría y solfeo, español, uno de los maestros más grandes y apasionados que he conocido en mi vida. Dan Romascanu, rumano, quien sería mi maestro de violín: un músico formidable, de carácter fuerte, pero sin duda uno de los mejores violinistas del país. Y finalmente, el rostro sereno, serio e inquisidor del profesor Jorge Carrillo, violinista, director de la escuela y de la orquesta sinfónica que yo tanto admiraba, venezolano con estudios en Italia.


Los tres estaban sentados frente a mí, en silencio. Comenzaron a hacerme preguntas, que respondí con la mayor sinceridad posible: por qué me gustaba la música, qué instrumento quería tocar, cosas así. Luego llegó el momento de probar mi oído musical. El profesor Cilino se sentó frente a un piano vertical y me pidió que imitara con la voz las notas que él tocaba. Creo que lo hice bien; mi memoria ya no alcanza para recordar cada detalle.


Había pasado la prueba de oído. Entonces me pidieron que cantara una canción. Fue en ese instante cuando me sentí desolado.


No sé si por los nervios o por otra razón, no recordé ninguna. Tampoco sabía muchas canciones, para ser honesto. Les dije, preocupado, que no podía hacerlo. Los maestros se miraron entre sí, extrañados y divertidos.


—¿Cómo que no conoces ninguna canción?

—No conozco ninguna —respondí con firmeza.

—¿“Los pollitos”? —preguntó uno de ellos.


Aquello me pareció humillante. No estaba dispuesto a caer tan bajo. Respondí sin dudar:

—No sé cuál es esa.


Me negaba a cantar una canción de cuna en una audición para una escuela de música. Pero entendiendo que no saldría de allí sin cantar algo, decidí tomar el control de la situación.


—Sé cantar el Réquiem de Mozart —dije.


No me extraña si usted, querido lector, decide no creerme llegado a este punto. No lo juzgo. Suena extraordinario, incluso inverosímil. Pero puedo jurar que cada palabra es cierta.


Los maestros se miraron, entre sorprendidos y divertidos.


—¿El Réquiem de Mozart?

—Sí. Tuba Mirum —respondí con seguridad.

—Bien. Escuchemos.


Comencé entonces a cantar en latín aquel movimiento que tanto me fascinaba. No entendía el significado de las palabras, pero mi pronunciación era exacta. Trataba de imitar todas las voces: bajo, tenor, contralto y soprano, tal como las escuchaba en el disco, y mis futuros maestros se sorprendieron, y supongo que también se contuvieron para no reír ante tamaña osadía. 


Aprobaron mi audición y me pidieron que dejara de cantar tras un minuto de mi interpretacion del Tuba Mirum.


Así ingresé a la escuela de música donde pasaría gran parte de mi vida.


Mis padres me compraron un violín de principiante para comenzar. No pasó mucho tiempo antes de que mi maestro insinuara a mis padres que yo tenía un talento especial para la música.


Cada vez que me preguntaban qué quería hacer, mi respuesta era siempre la misma, año tras año:


—Quiero ser violinista.


Y así comencé mis estudios de violín. Pero la escuela de música era un lugar muy especial. Poco más de un año después de haber comenzado mis clases, me enteré de que algunos de mis compañeros asistían a algo que llamaban “el ensayo”. No entendía qué era aquello, y la curiosidad me carcomía por dentro. Un día, finalmente, descubrí que “el ensayo” era el ensayo de la orquesta. Supe entonces que existía una orquesta, y de inmediato quise formar parte de ella. En la siguiente clase le pregunté a mi maestro qué debía hacer para entrar en la orquesta, y él me respondió que solo tenía que hablar con el director.


Al terminar la clase fui directamente a la oficina del director y solicité ingresar a la orquesta sinfónica juvenil.


Para mi sorpresa, el director me miró con cierta indulgencia y me dijo que aún era muy joven para esa orquesta, y que debía comenzar por la orquesta infantil. No me gustó demasiado la idea, para ser honesto, pero la acepté.


Así fue como un día empecé a ensayar en aquella orquesta infantil, sentado como el último violín de la fila de segundos violines. Me sentía emocionado por, al fin, formar parte de una orquesta, pero al mismo tiempo un poco frustrado por ocupar el último puesto.


Quiso Dios concederme un poco de talento, y mis maestros notaron que mi destreza con el instrumento crecía día tras día y en pocos meses fui promovido al puesto de primer violín de los segundos, y apenas semanas después pasé a la fila de primeros violines. Al finalizar ese año, yo era el concertino de la orquesta infantil. Tenía unos nueve o diez años de edad.


A los once fui promovido a la orquesta juvenil, nuevamente al último puesto de los segundos violines, pero esta vez en “la orquesta de los grandes”, como yo la llamaba. Allí estaban los alumnos más avanzados de la escuela, todos mucho mayores que yo. Me sentía nervioso entre ellos y, para no quedarme atrás, comencé a estudiar con más disciplina y dedicación. Debía estar “a la altura”.


La Divina Providencia, a veces, tiene un sentido del humor peculiar. Fui promovido a concertino de aquella orquesta menos de un año después de haber ingresado. Ahora yo era el concertino de una orquesta en la que tocaban violinistas mucho mayores que yo.


Cuando llegué a los doce o trece años, ya había completado cuatro años de estudio de violín, cuatro años de teoría y solfeo, comenzaba mis estudios de historia de la música y piano complementario, y además había tocado varias veces con la orquesta sinfónica del estado. No la infantil ni la juvenil, sino la de los maestros. La orquesta “de verdad”.


Para entonces, el violín de principiante ya no podía ofrecerme nada más. Era hora de tener un nuevo instrumento. Uno de verdad.


Mis padres buscaron incansablemente. No era fácil conseguir un instrumento en mi pequeño pueblito andino. Mi Maestro entonces ayudó, y encontraron el violín perfecto: un violín hecho a mano en 1903 en Hungría, perteneciente al concertino de una de las orquestas sinfónicas más importantes del país. Su tapa frontal era de una madera finísima; la trasera, de una sola pieza. Clavijas, cordal y diapasón de ébano. Ligero como una pluma, pero sonoro como un cuerno de cacería. El mástil, fino y delicado, tenía el barniz desgastado por más de un siglo de manos de maestros violinistas y por las cuerdas de tripa Pirastro que habían vibrado sobre él con furia y nobleza.


Aquel violín había recorrido países y circunstancias para llegar desde el taller de un luthier en Budapest en 1903 hasta mis manos. Pero había un problema: el precio de aquella obra de arte era prácticamente inalcanzable.


Ante esa situación mis padres solo se me hicieron una pregunta:


—¿Qué quieres ser?


—Quiero ser violinista —respondí.


Y ese era el violín que debía tener un violinista de verdad.


Mis padres movieron montañas. Incluso aquellas que se veían más allá del horizonte. 


Y entonces, meses después, una noche, mi maestro llegó a casa con un estuche de violín muy antiguo.


Esa noche era para celebrar. Mis padres hablaban de todo. Mi maestro reía, tomaba vino. Todo parecía una velada entre amigos, hasta que mi maestro me pidió que me acercara. De pronto, el ambiente se volvió solemne. Todos guardaron silencio.


Extendió el brazo, tomó el estuche antiguo y, sin decir una palabra, lo abrió ceremoniosamente.


Allí estaba.


El violín más hermoso que había visto jamás.


Tensó el arco, afinó las cuerdas y comenzó a tocar un capricho de Paganini. La casa entera se llenó con la voz gloriosa de aquel instrumento, tan distinta a la de mi violín chino de principiante. Era un sonido vivo, profundo, humano. Mi maestro tocaba con una belleza que parecía detener el tiempo.


Cuando terminó, yo estaba tan sobrecogido que no pude decir una sola palabra.


—Ahora, este es tu violín, José —me dijo, colocándolo frente a mí…


Pero yo no pude tocarlo… Me daba vergüenza… Sentía que no era digno de aquel instrumento. Sabía que aquel violín era algo mucho más serio que mi violín de serie barato… sabía en el fondo que aquel violín significaba grandes sacrificios que mi familia hacía para poder ponerlo en mis manos… sabía que aquel instrumento era una espada de verdad… y sin poder decir nada, sonreí nerviosamente y me fui a mi cuarto a esconder mi llanto, avergonzado… 


Pasarían meses, antes de que me atreviera a tomar aquel violín entre mis manos… Pero esa, y lo que pasó después, es otra historia…

sábado, 20 de agosto de 2022

EL ARBOL




Hay momentos en los que la vida nos quiere dar una suerte de reporte. Una lista de cosas que han pasado como si se tratase de un chequeo rápido. Para muchos, ese momento suele suceder en medio de un acontecimiento impactante, como la muerte de alguien querido, tras un diagnóstico médico desfavorable, o en ese medio segundo antes de inevitablemente estrellarse contra un parabrisas en un accidente de auto. Es curioso que nos pase la película de nuestra vida siempre en momentos traumáticos si vale llamarlos de alguna manera. Al menos eso pensaba Antonio aquel dia cuando caía de un árbol a unos 10 metros de altura cuando la cuerda que lo sujetaba se rompió y le dejó a merced del vacío que se encontraba bajo sus pies.

 

Cuando la cuerda se rompió Antonio supo que aquello iba a ser definitivo. No había nada que hacer, y aun asi, su instinto de supervivencia le llevó a estirar los brazos hacia la nada, buscando vanamente asirse de cualquier cosa. 


Aunque hay varias teorías físicas hoy en dia, la mayoría de la gente conviene, para no importunar, que existe la fuerza de gravedad, y que su velocidad de atracción hacia la tierra es de unos 9.8 metros por segundo. Antonio caia de 10 metros, lo cual implica que su caída duró apenas unas milésimas más de un segundo. Sin embargo, desde el momento en el que la cuerda se rompió, el tiempo simplemente se detuvo. Pudieron ser miles de segundos, incluso meses lo que duraba esa caída. Einstein decía que el tiempo es relativo al observador, y definitivamente en este caso eso aplicaba. En ese momento de suspensión en el aire, Antonio tuvo tiempo para darse cuenta que la cuerda se había roto por su propia imprudencia. Hizo volver el tiempo como en una película hasta el momento en el que soltó su cuerda de seguridad y se dispuso a bajar solo con la cuerda de ascenso aun sabiendo que era la menos resistente y que está apenas sostendría su peso. Se arrepintió por aquella decisión y supo que pagaría el precio por su descuido indolente. 


Tuvo tiempo para ver todo a su alrededor. Analizó la distancia a la que estaba el árbol de su cuerpo en caída libre. Demasiado lejos para alcanzarlo. Apenas unos centímetros más cerca hubiesen servido para evitar la caída, pero no era eso lo que tenía planeada la providencia. Pudo incluso mirar hacia atrás para ver qué tan lejos estaba del suelo y tratar de planificar alguna manera de caer que no fuera tan abrupta, pero la cosa con las caídas libres es que realmente no se escoge como caer.

 

Como en un video de musica techno, Antonio pudo ver como el árbol se alejaba de él en una suerte de estiramiento, como si pasara por un cono de luz. Ahi, su vida pasó frente a sus ojos. No podía creer que tras tantas cosas vencidas, aquel fuese el final del viaje. Antonio sabía que llegado este momento, el viaje de la vida estaba llegando al fin.

 

Es curioso que es en este tipo de momentos cuando nos da por evaluar lo que realmente es importante. Antonio se dio cuenta que lo importante no era nada de lo que le rodeaba. Pero no se sorprendió. Esta no era la primera vez que Antonio enfrentaba ese filo entre lo que pensamos que es el último momento y la oscuridad. Esta era al menos la tercera vez que transitaba este preámbulo, aunque ciertamente esta era la más intensa de todas. Todas las veces su conclusión había sido la misma: lo importante no es lo que nos rodea, sino lo que vendrá. Le parecía que lo importante era el futuro. Lo importante era saber que su hija estaría a salvo y feliz, incluso sin él, aunque nada le podría hacer más feliz que verla crecer, al menos un poco más. Lo importante era saber que los suyos estarían bien. De muchas maneras se sentía responsable de que ese futuro llegara para poder irse en paz. Quizá ese era su destino, su razón de existir. Es muy extraña la vida sin un motivo para ser. Quizá estaba equivocado y no era responsable de nada de eso, pero ¿cómo podía simplemente dejar de sentirlo?

 

Antonio había sufrido de ansiedad desde siempre, aunque no lo supo hasta bien entrado en los cuarenta y tantos. Se preocupaba por lo que había pasado, lo que estaba pasando y lo que pasaría. Eso le sucedía en todo momento. Calculaba todo pensando en el peor de los resultados siempre para ir un paso adelante y saber cómo resolver cualquier problema que pudiese suceder antes de que sucediera. Esa manera de pensar respecto a todo le hacía vivir en una tripartita temporal simultánea que agotaba su psique de manera constante. Ya había tenido varios episodios de colapso anteriormente. Ataques de panico, le llamaban. Episodios terribles de colapso nervioso que le recordaban lo frágil de la vida y lo fácil que sería simplemente dejar de existir. Le atormentaba tener que dejar de existir de pronto, y sin embargo, ahi estaba, cayendo en el vacío hacia el duro suelo, de espaldas e incapaz de hacer nada al respecto. Que absurdo había sido que de todos los futuros que predecía, no hubiera visto este. O quizá sí lo había visto y simplemente tentó a la providencia jugando a que esta posibilidad no sucedería. Pero de todas las posibilidades, esta fue la que sucedió.

 

Antonio fue músico. Había tocado el violin por casi dos décadas y se había destacado un poco en el campo orquestal. Había sido locutor de radio a los veinte años de edad, había trabajado en televisión por más de 12 años y había alcanzado cierto éxito en el medio. Había hecho teatro, ceramica, cantaba, tocaba la guitarra, hablaba dos idiomas, había escrito un libro y estaba en cierto nivel orgulloso de haber logrado algunas cosas en la vida, aunque siempre se reprendió a sí mismo por estar orgulloso de cualquier cosa. Sentía que estar orgulloso era ser soberbio.


Su lucha interna nunca cesaba. Se sentía merecedor de algunas cosas, y al mismo tiempo se reprendía por pensar así, sabiendo que el mundo no se movía por merecimientos sino por esfuerzo y sacrificios. Aun así, de vez en cuando cuando el ruido de la ansiedad le dejaba en paz por algunos segundos, y entonces se dejaba llevar por el sueño de que quizá la vida nos premiaba de vez en cuando por ser buenos, por ser trabajadores, por nuestros esfuerzos, como si hubiese una suerte de supervisor invisible que nos premia por nuestra forma de ser o pensar. Era un absurdo, lo sabía, pero llegó incluso en unos algunos de aquellos breves descansos de un segundo en su mente a hablar con ese universo invisible que podría regentar o no el destino de todos a pedirle perdón por su soberbia y a agradecer lo que tenía, como si fuese un regalo de un Dios invisible que nos juzgara constantemente. Casi podría decir que Antonio tuvo momentos en los que rezó a este Dios. Siempre se podia estar peor, y a pesar de las dificultades, había logrado superar todo para llegar al hoy. A veces, ese agradecimiento le traía paz, al menos por un momento. A veces se permitía incluso sonreír. Hacía tiempo que no sonreía.

 

Estaba casado con una mujer hermosa y maravillosa que le apoyaba en todo lo que se le ocurriera, incluso si era una locura a los ojos de muchos. Junto a ella había superado más de dos decadas de vida, en la que habían tantas historias que contar que ya ni él mismo podía recordarlas todas. No habría cambiado su destino junto a ella jamás. Si la vida le había premiado con algo, era con ella justamente. En dos decadas juntos, no había pasado un solo día en el que no se declararan amor. Y aunque en ese tiempo habían tenido sus momentos grises, no hubo jamás una noche en la que Antonio prefiriera no dormir a su lado. La seguía mirando como cuando la conoció. A veces le sorprendía que fuese así. Dos decadas despues, aún seguía enamorado perdidamente de ella.

 

Pero no era su esposa la única mujer de su vida. Había un pilar fundamental más allá de toda cosa existente y que le movía a seguir adelante aunque ya sus pasos perdieran el impulso por el cansancio del camino: su hija. En ella pensaba siempre. Imaginaba que sería la mujer mas feliz del mundo, porque a sus ojos no merecía menos. Haría lo que fuese necesario para que su hija fuese siempre felíz. Lo que fuera.

 

Antonio no era supersticioso, ni religioso, pero si alguna vez pidió algo a un ser superior fue siempre que los suyos fuesen felices y se mantuviesen a salvo de preocupaciones y dolor. Estaba dispuesto a intercambiar su alma en una eternidad en el infierno a cambio de la paz para los suyos. Se dio cuenta que quizá había llegado el momento de hacer ese intercambio si era posible. El momento había llegado. No temía a la muerte en sí. Temía a la vida que le podría esperar a los suyos sin él a su lado para escudarlos de los golpes que la divina providencia disfruta darle a los vivos por simple ley. Había quienes decían que cada golpe nos enseña algo. Otros dicen que cada golpe nos prepara para ser más fuertes. Antonio no coincidía con ninguno, y pensaba que simplemente la vida sucede sin razón en particular y que cada golpe es simplemente eso. Un golpe sin razón ni motivo. Pensar que los suyos tendrían que enfrentar esos golpes sin él para amortiguarlos le resultaba la peor de las torturas. No podía irse así nada más! y sin embargo, ahí estaba, a una fracción de segundo de partir a quien sabe donde, si es que había a donde ir después de este plano.

 

El cono del árbol alargándose de pronto se detuvo. Al hacerlo, un implacable silencio se hizo con el mundo que le rodeaba. No había ni un simple sonido. Los colores se avivaron hasta casi hacerse fluorescentes por un momento, y lo que había sido un cono alargándose, de pronto se expandió como sobre un plato. La imagen de pronto volvió a contraerse hasta volver a la normalidad. Como si viese al mundo reflejado en una gota que cae y luego se une a la masa de líquido más grande sobre la cual aparece de nuevo el reflejo sin distorsión. 


Pasaría una fracción minúscula de segundo desde el momento del abrupto aterrizaje de Antonio sobre la dura superficie del suelo hasta que volvió todo a la normalidad. 


Antonio no cerró los ojos nunca. Se limitó a respirar y a mirar el árbol, ahora inmenso a sus ojos. Se percató que milagrosamente, tras varios segundos, podía respirar. No intentó hacer nada más que estar vivo. Respiraba. Miraba la escalera de 10 metros sobre él y por la que sabía la altura de la que había caído. Era inmensa. Miraba la cuerda rota oscilando de un lado a otro sobre su cuerpo en el suelo. Se veia tan lejana. Movió entonces un pie, y jugó a mover los dedos dentro de aquellas pesadas botas de trabajo. Los sintió. Antonio recordó que esto significaba que no había tenido daño medular. Respirar y poder moverse le tranquilizó, y de alguna manera supo que aquello había sido simplemente un milagro. 


Pensó que el golpe no había pasado de ser un golpe y agradeció la oportunidad de poder seguir en este plano para volver a dormir junto a su esposa y seguir abrazando a su hija... pero cuando intentó incorporarse, un dolor que jamás había sentido ni imaginado le abrazó de manera inmediata. Aquella caída no habría de pasar desapercibida en su historia. El disco lumbar 3 de su columna, o vértebra L3 se había partido en tres aunque él no lo sabía aún.

 

Pasaría un rato antes de que llegara la ayuda a donde estaba. Para entonces, Antonio había reptado como podía hasta varios metros más allá de donde había caído buscando inútilmente ponerse de pie asiendose de una cerca perimetral.


Buscó de varias maneras una posición donde el creciente dolor se apaciguara, aunque no encontró ninguna. Para cuando su esposa lo fue a recoger de aquella penosa situacion, Antonio intentaba disimular su dolor con breves chistes e incluso burlándose de sí mismo y su caída, que aseguraba no había sucedido para no preocupar a su esposa, a la que había jurado que solo era víctima de un repentino lumbago. Le había llamado por teléfono para pedir ayuda. por suerte, en el bolsillo de su pantalón aún estaba el teléfono celular.

 

Tras una hora en el suelo, esperanzado en que unos minutos de descanso tras el trauma del golpe le ayudarían a recuperarse se dio cuenta que no había más opción que ir al hospital. Con la ayuda de su esposa y la cerca, contra todo pronóstico, Antonio se puso en pie, pálido por un dolor inenarrable en su espalda, pero con la inamovible decisión de llegar a su vehículo, y caminó. 


Tras los primeros pasos se dio cuenta que uno de sus pies estaba absolutamente desalineado respecto al otro y que apenas podía levantar una pierna. Aun asi, avanzó hasta cruzar los treinta o cuarenta metros que lo separaban de su vehículo. Se dio cuenta que manejar sería imposible, y entonces aceptó entrar en otro vehículo para ser trasladado. Pidió ser llevado a casa. Tuvo que acostarse boca abajo en el asiento trasero. No podia moverse, y aun así, insistia en ir a casa.

 

En su ansiedad y miedo por lo ocurrido, Antonio esperaba que aquello fuera sólo una advertencia del regente invisible del universo para recordarle que podría arrebatarle la existencia en un chasquido si quisiera. Agradecía a ese regente invisible, si existía, que le hubiese dado otra oportunidad para redimir sus pecados. Pero aquello era más que una advertencia. Necesitaba un hospital.

 

Después de varios traslados, exámenes e imposibles movimientos que alcanzaron los picos de dolor más altos que jamás había conocido, Antonio finalmente se encontraba en una habitación de hospital, inmóvil como jamás había estado y ahora sí, sabiendo que su columna estaba partida. Imaginaba que aquello le dejaría inevitablemente inútil para siempre. Uno de sus terrores de vida era justamente una fractura de columna. 


Su ansiedad crecía cada vez más, pues todo el mundo a su alrededor no dejaba de sorprenderse al conocer de su caída y aseguraban que simplemente sobrevivir había sido un milagro. Tuvo que repetir innumerables veces aquella caída a todo el que le rodeaba. Revivió el momento miles de veces por hora. No es grato pensar en lo cerca que se estuvo de la muerte.

 

Los médicos le dijeron que en pocos días sería sometido a cirugía, y que un robot se encargaría de colocar de manera ultra precisa los 12 tornillos correspondientes a las 2 placas guías que reconstruirían su vértebra L3 sin tocar el túnel de nervios que peligrosamente se encontraba cerca y que de tocarlo podría dejarle inválido de por vida. ¿No es acaso gracioso, en un mal sentido, la manera en la que los médicos dan noticias a sus pacientes?


Sabiendo ahora todo esto, Antonio no podía dejar de pensar en los suyos. Su padre, lejos, se suponía que llegaría en unos días. Habían estado años separados, y ahora  esperaba que este fuese un reencuentro feliz. Pero para su desdicha ahora lo encontraría inválido en una cama. Inútil, debil, triste. 


Su hija no podía visitarlo. Una infame pandemia mundial impedía que le dejaran ingresar a verle por ser menor de edad. Tampoco Antonio deseaba que su hija le viese en aquel estado deplorable. Se avergonzaba de haber sido tan estúpido y haber puesto en riesgo su vida cuyo único motivo de existencia era ser el gladiador que la protegería ante todo. Y ahora estaba ahí, en una cama, sin poder moverse ni un centímetro. ¿Cómo podría entonces defenderla del mundo?. ¿Que pasaría ahora? Todo este desastre era su culpa. Su madre, se inmolaba en una silla junto a él cuidandole en todo momento. No quería dejarlo solo, y Antonio se sentía culpable de su dolor, de su angustia y de su cansancio. Su hermana, sin dudarlo, se hizo con todo el control de lo necesario para que la vida mundana y las responsabilidades de Antonio siguieran lo más normal posible. Ella se encargaría de pagar cuentas y llevar adelante la casa mientras fuese necesario. ¿Cómo podía haber sido tan estúpido? Maldijo mil veces aquella cuerda y su absurda decisión de usarla. Se maldijo a sí mismo por su falta de sentido común. Soberbia. Eso era lo que siempre le castigaba. Había pensado que de todo lo que podría pasar al soltar las cuerdas, una cuerda rota no le tocaría a él, el arborista sin experiencia. Así de soberbio había sido. Pecado capital. Ahora se convertiría en un peso para los suyos. 

 

Pero esas ideas de autocastigo también colapsaron frente a pensamientos de agradecimiento con el regente invisible, cuya inagotable bondad y paciencia le habían regalado la oportunidad de aún seguir vivo para seguir. O quizá aquello era su castigo: seguir vivo e inútil para ver cómo todo se derrumbaba frente a sus ojos sin poder hacer nada.

 

Un mar de gente le hizo saber que era querido. No sabía que había tenido tanto impacto positivo en tanta gente hasta ese momento. Aquello le conmovióo enormemente, porque no se sentía merecedor de aquel amor que recibía. Antonio nunca se sentía merecedor de las cosas buenas. Por alguna razón, siempre sintió que lo malo y el castigo era en cierta forma lo que merecía, y que la manera de limpiar su alma, si aquello era posible, era justamente por medio del martirio. Merecía lo que le sucedía, pero solo si era algo malo, y si sucedía algo bueno, no era por que lo mereciera, sino porque lo merecían quienes le rodeaban, por lo que él solo era un aprovechador de las circunstancias. 


Antonio no sabía cuales eran los pecados que había cometido para merecer el martirio, pero de alguna manera estaba seguro de que lo merecía.

 

Eso es lo que sucede con la depresión y la ansiedad. No se puede cambiar. Quien la sufre simplemente «siente» todo esto, y aunque trate de cambiarlo por conciencia, por pensamiento, por razón, simplemente no puede. Es como tratar de respirar debajo del agua. Por mucho que lo intentes y trates de hacerlo de la manera más tranquila posible y razonandolo de la mejor manera, simplemente al tratar de hacerlo el agua entra en tus pulmones e inevitablemente te ahoga.

 

Antonio sufría de esto sin saberlo por años. Ahora sabía que lo sufría e intentaba manejarlo. A veces lo lograba y otras no. Eran más las veces que no lo lograba a decir verdad. Y ahora esto.

 

Hacía bromas mientras estaba en cama. Las horas se hacían imposiblemente largas. Esperaba la cirugía para simplemente irse a casa. Ver a su hija era lo que más quería. Abrazarla y decirle que todo iba a estar bien. Le angustiaba pensarla triste, o preocupada. El mundo debía ser perfecto para ella. Para eso estaba Antonio, su guerrero, su Atlas... no dejaba de imaginar maneras de funcionar siendo inválido.

 

Cuando llegó el día de la cirugía, Antonio vio como le colocaban un líquido en una de las vías de su brazo izquierdo. Era parte de la anestesia. Iba a preguntar cuánto tardaría en hacer efecto, pero no tuvo tiempo. Fue un parpadeo. Al abrir los ojos de nuevo, ya estaba en el cuarto de regreso. 12 tornillos y dos placas de acero ahora unían cinco de sus vértebras y la L3 fracturada había sido reconstruida. Volvería a caminar. 


Al siguiente dia de la cirugía caminó, aunque en medio de un dolor casi indescriptible. Un dolor mucho mayor a cualquier otro dolor que hubiese experimentado antes. Mayor incluso incluso al que sintió cuando caminó desde el suelo hasta el vehículo que lo trajo al hospital aquel terrible día. Mucho mayor era este nuevo dolor. El cirujano había ordenado que se levantara y caminara de inmediato.

 

Debía levantarse de la cama por si solo. Sin ayuda. Luego debía ponerse de pie y dar varios pasos. Las terapistas solo le ayudarían sosteniéndolo con una correa al cinto para prevenir que cayera al suelo en caso de desmayo. Una fría caminadora clínica de aluminio le ayudaría a sostenerse, y entonces Antonio se dio cuenta que aquello iba mucho más allá de sus fuerzas, y desesperado por el dolor al intentar moverse un solo centímetro de la posición en la que estaba en la cama dijo con hilo de voz a las terapistas que simplemente no podía... Una de las terapistas, una hermosa joven de no más de veinte y tantos años se conmovió al ver el dolor de  Antonio y no pudo evitar mostrar unas lágrima asomarse a sus ojos. Pero la jefa de terapia, una mujer mucho mayor y con mucha más experiencia miró a Antonio de manera inmutable. Le dijo que no se irían hasta que se levantara, y que de no hacerlo, ella misma lo levantaría. La sola idea de tener que soportar el dolor causado por aquella enfermera moviéndolo sin compasión aterrorizó a Antonio más que cualquier cosa.

 

Se esperaba que como muchos otros pacientes, Antonio se desmayara al intentar levantarse. Por eso las correas de seguridad. Esperaban incluso que sus esfínteres no soportaran el dolor y lo expusieran de manera vergonzosa al intentar apenas dar un paso. Se esperaba que gritara a cada paso tratando de aplacar el dolor insoportable... pero Antonio sabía que el dolor era su castigo y su martirio muy bien ganado, como siempre... Era lo que el mundo le daba y era lo que merecía por alguna razón. Si había que enfrentar el dolor para limpiarse, lo haría sin darle el gusto de verlo vencido, y así, blanco en la tez por el indecible dolor, Antonio se levantó y dio los pasos que se le pidieron. Caminó hasta una silla, se sentó, permaneció en ella por una hora y luego se levantó una vez más para regresar a la cama. Lo hizo todo sin gritar, sin derramar una lágrima de dolor, sin desmayarse y sin perder el control de sus esfínteres, como todos esperaban. Sus brazos temblaban con cada paso tratando de sostener el peso de su cuerpo en la caminadora para aminorar el dolor de la espalda. Su piel palideció casi al blanco de una nube, y su cuerpo entero se cubrió de perlado sudor frio mientras su tensión sanguínea bajaba a cada segundo de el espantoso recorrido. Mirando a los ojos a su verdugo, Antonio hizo todo lo que se le pidió. Más tarde, la terapista confesaría que esperaba que no lo lograra. Esperaba que como todos, se desmayara.


Al día siguiente Antonio lo volvió a hacer, esta vez por más tiempo y caminando más que el anterior. Al día siguiente repitió la rutina, nuevamente con más distancia y más tiempo en la silla. El dolor no cedía, pero Antonio estaba decidido a hacer lo que fuera para salir de aquella habitación y mostrarle a su hija, a su esposa, a los suyos, que su guerrero aún podía luchar por ellos un poco más. Esa era su motivación. Y así llegó el día en el que le dieron de alta. Por fin.

 

Esa noche llegó a casa de su madre. No podía valerse por sí mismo, y su madre, como una santa, se dedicó a su cuidado como sólo una madre puede hacerlo. Su hermana había movido cielo y tierra para hacer que todo funcionara bien mientras Antonio seguía inválido. Le había conseguido una cama clínica y todos los accesorios médicos existentes para hacerle la vida más cómoda, si es que eso es posible. Aquello podría extenderse por meses.

 

El padre de Antonio venía en camino. Un camino peligroso para recorrer y al mismo tiempo esperanzador. Ya Antonio casi se había convencido de que él y su padre no se encontrarían de nuevo en esta vida, pero ahí estaba ahora, esperando su llegada inminente en cuestión de horas. Habían tenido que pasar tantas cosas para que pudiesen ver a la familia reunida una vez más... y entonces Antonio durmió esa noche esperando el nuevo día...

 

Cuando la luz del sol entró por la ventana y le despertó, Antonio se encontraba en una cuarto extraño. No reconocía el lugar. Le dolían los ojos por la luz y todo estaba borroso. Intentó mover sus piernas con cuidado para evitar el dolor y se dio cuenta, no sin sorpresa, que podía moverlas sin dolor alguno, aunque de manera muy torpe. Intentó reconocer algo de lo que le rodeaba y se sintió repentinamente muy acelerado. la ansiedad le abrazaba fuerte. La respiración se le aceleró y sus pupilas se dilataron al máximo con una explosión de adrenalina que le hizo saltar de la cama.

 

Se encontraba ahora de pie en un lugar extraño. Se miró las manos y no las reconoció. Sus brazos, no eran los suyos. Sin entender lo que sucedía intentó explorar el cuarto con la mirada, con cuidado, con la esperanza de entender lo que sucedía. Al dar unos pocos pasos, un ruido le exaltó. Un paral con suero unido a una vía en su brazo izquierdo se había caído cuando Antonio caminó en dirección contraria. Se dio entonces cuenta de que estaba en un cuarto de hospital y que estaba aún conectado a toda suerte de aparatos. En ese momento las fuerzas flaquearon y no pudo mantenerse más en pie. El disparo de adrenalina de hacía unos segundos atrás había pasado y ahora las fuerzas le abandonaban tan súbitamente como habían aparecido. De inmediato, aparecieron varias enfermeras exaltadas para levantarle. Unas llamaban a otras y estas otras llamaban médicos con un sentido de urgencia que confundía a Antonio. Entre varias, levantaron su cuerpo y lo acostaron de nuevo en la cama. Fue en ese momento que Antonio se percató de lo delgado de sus extremidades. Su cuerpo no pesaba más que unas docenas de kilos. ¿Que estaba sucediendo? trató de preguntarle algo a una de las mujeres que le rodeaban, pero al tratar de hablar se dio cuenta que apenas podía hacerlo y que al tratar, lo invadía un fuerte dolor en la garganta. Era como si sus cuerdas vocales no respondieran en lo más mínimo. Minutos después, varios médicos le rodearon y comenzaron a revisar sus pupilas, sus reflejos, su respiración, sus latidos y le administraron toda suerte de medicamentos. Antonio, desesperado ante aquel mar de extrañas sensaciones tuvo entonces un ataque de pánico que terminó por dejarlo inconsciente.

 

Tras un rato, Antonio despertó de nuevo. Al abrir los ojos pudo ver un poco mejor  al notar que habían cerrado las cortinas de las ventanas y que le aplicaran unas gotas para los ojos. Le habían administrado también algunos medicamentos para bajar la ansiedad y calmarlo. Alguien le acariciaba el pelo y le miraba con ojos llenos de lágrimas. Sonreía, y al ver que despertaba, le abrazó fuerte al tiempo que daba gracias a Dios. Pero Antonio no reconocía aquel rostro.

 

La mujer que le abrazaba le llamaba José. «Mi amor, has vuelto!» le decía entre sollozos. Antonio le miraba desconcertado. Un médico le miraba desde el pie de la cama, sonriendo y alegre. «Bienvenido José» le decía mientras le miraba. «Esto debe ser muy confuso para ti en este momento. Y es lo normal suponemos. José, no pensamos que despertarías, por lo que estamos muy contentos hoy con tu recuperación», dijo aquel hombre de bata blanca y lentes de Carey. El médico difícilmente superaría los treinta y tantos años, y aún así, hablaba con una seguridad y autoridad impecables.

 

Antonio no entendía aquellas palabras, y aunque trató de hablar, no pudo. «No trates de hablar José», le dijo el médico. «Has estado en coma por casi ocho meses. Tus cuerdas vocales, así como todos los demás músculos de tu cuerpo están muy fuera de forma y les tomará un tiempo y mucha terapia volver a recuperarse. Por ahora, lo importante es que estás despierto. Por ahora quisiéramos comenzar de inmediato una serie de pruebas clínicas para revisar tus capacidades cerebrales. ¿Puedes entender lo que te digo?, parpadea tres veces si es así» dijo el doctor mirando fijamente a Antonio.

 

Antonio escuchaba aquello como si fuese una suerte de mala broma que alguien quería jugarle. Miraba a su alrededor, y aunque entendía todo, no podía reconocer a nadie ni el lugar donde estaba. Lo que recordaba era a su esposa, a su hija, a su padre viniendo a verle, a su madre sentada a su lado, a su hermana cuidando de todo...

 

«José, entiendes lo que te digo?, parpadea tres veces seguidas por favor si es así». Antonio le miraba y no entendía por qué le llamaban José. El médico le miraba fijamente, ahora un poco desconcertado y tomando notas en una carpeta. La mujer que le acariciaba el pelo lanzó un sollozo y claramente lloraba. «Lo siento señora Irene. Tras un coma por tanto tiempo era de esperar que sus funciones cerebrales sufrieran un daño grande». Entonces Antonio comprendió que lo que sucedía no era bueno, y tomando una bocanada de aire grande dejó salir un gemido suave... La mujer y el doctor le miraron. Él miró a la mujer a los ojos y con gran esfuerzo parpadeo fuerte tres veces. La mujer se enjugó los ojos inmediatamente con una fuerza revivida y miró a Antonio esperanzada y sorprendida, como quien reaviva una llama cuando el fuego se pensaba extinto en medio de una noche fría. «Mi amor, puedes escucharme?» preguntó la mujer casi en llanto. Antonio parpadeo tres veces nuevamente y la mujer ahora sonriendo de alegría le gritaba al doctor que su esposo le escuchaba... ¿su esposo?...

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Pasarían unas semanas. Tras terapias y muchas medicinas y ejercicios Antonio recuperaría un poco el habla y sus músculos fueron regenerandose hasta dejarlo dar algunos pasos nuevamente. 


Meses después, Antonio pudo comer relativamente normal una vez más y caminar mejor. Regresó a casa con su esposa y su familia y la vida volvió a ser normal eventualmente. Supo entonces que había sufrido un accidente que le había dejado en coma por varios meses y que casi se pensó que no despertaría nunca más hasta aquel milagroso día en el que efectivamente lo hizo.

 

Antonio, ahora José, no recordaba nada. No reconocía a nadie, ni la casa, ni a si mismo. Le habían dicho que le tomaría un tiempo recuperar la memoria, si es que eventualmente lo hacía. Que debía ser paciente. No se sabía aún si había sufrido daño cerebral permanente. En todo caso, estaba vivo y eso era un milagro que agradecer. Y así, pasó el tiempo.


Antonio aún no recordaba nada de ese nuevo mundo que encontró después de  despertar en aquella cama de hospital hasta que llegó a aquel parque al que le llevarían ahora cada tarde para caminar como parte de su rutina de ejercicios.

 

En aquel parque encontró un árbol. Un árbol que le disparó la adrenalina como quien escucha un ruido fuerte inesperado. Aquel árbol era lo primero que reconocía desde que había despertado como José. Era un árbol alto, y al mirar arriba, descubrió que había un pedazo de cuerda verde que se balanceaba a unos diez metros de altura. No pudo dar un paso más. La respiración se le detuvo por un instante. Su esposa, a su lado y sosteniendo la caminadora sobre la cual aún se apoyaba le miró curiosa primero y preocupada después. «Mi amor, ¿qué te pasa?» le preguntó mientras le sostenía la mano y se colocaba preocupada frente a él. «De aquí me caí?» preguntó Antonio. «¿Que, caerte, de este árbol? ¿Estas bromeando?» replicó ella extrañada y al tiempo divertida. «Jamás te he visto trepar a un árbol» dijo finalmente. Pero Antonio definitivamente reconocía aquel árbol, y fue entonces cuando Antonio, o José, se dio cuenta de algo: La realidad, la vida, su gente, él mismo, no eran más que una ilusión. Un sueño. ¿Y si su hija, su esposa, su padre, el árbol, la caida, no habían sido más que un sueño mientras estuvo en coma?. Aquel sueño había dado una vida entera a Antonio. Más de 40 años de vida en la que tenía una familia, miles de historias, una esposa, una guitarra, dos perros y una hija a la que amaba por sobre todas las cosas y a la que ahora extrañaba con todo su ser... Entonces Antonio, o José, mirando al mundo que le rodeaba y al que no entendía ni recordaba, decidió que quería volver al otro mundo... al mundo en el que sentía que no merecía muchas cosas, en el que caía de un árbol, pero sobre todo, en el que estaban los que más amaba y por los que se levantaría mil veces más de cualquier cama...

 


 

 

 

EL ORO DESAPARECIDO Y EL PAIS QUE APRENDIO A VIVIR SIN EL

  Cuando Hugo Chávez llegó al poder en 1999, Venezuela contaba con 372 toneladas de oro certificadas como parte de sus reservas internaciona...